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Experiencia

naturaleza y la literatura son fenómenos subjetivos; cada mal y cada bien son una sombra que proyectamos. La calle está llena de humillaciones para los orgullosos. Así como el petimetre se ingeniaba para vestir a sus alguaciles con su propia librea y hacer que sirvieran a sus invitados en la mesa, los sinsabores que el mal corazón exuda en forma de burbujas cobran forma de inmediato como damas y caballeros en la calle, dependientes o camareros en los hoteles, y amenazan o insultan todo lo que hay de amenazable e insultable en nosotros. Lo mismo ocurre con nuestras idolatrías. La gente olvida que es el ojo el que hace el horizonte, y el ojo de la mente redonda el que hace que este o aquel hombre sea un tipo o representante de la humanidad, con el nombre de héroe o santo. Jesús, el «hombre providencial», es un hombre bueno en el que mucha gente está de acuerdo en que actúen estas leyes ópticas. Por amor de una parte y por indulgencia al no presionar con objeciones de la otra, queda establecido por un tiempo que lo miraremos en el centro del horizonte y le atribuiremos las propiedades que corresponderán a cualquier hombre así visto. Pero el amor o la aversión más duraderos tienen un término cercano. El gran y creciente yo, arraigado en la naturaleza absoluta, suplanta toda existencia relativa y arruina el reino de la amistad y el amor mortales. El matrimonio (en lo que se llama el mundo espiritual) es imposible debido a la desigualdad entre cada sujeto y cada objeto. El sujeto es el receptor de la divinidad, y en cada comparación debe sentir su ser acrecentado por ese poder críptico. Aunque no en energía, sí por su presencia, este depósito de sustancia no puede dejar de sentirse; ni fuerza de intelecto alguna puede atribuir al objeto la deidad propia que duerme o desvela por siempre en cada sujeto. Jamás el amor podrá hacer que la conciencia y la atribución tengan la misma fuerza. Habrá el mismo abismo entre cada yo y cada tú que entre el original y el cuadro.

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