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Política

como robles en el centro, en torno a los cuales todos se disponen como mejor pueden. Pero el viejo estadista sabe que la sociedad es fluida; no existen tales raíces ni centros, sino que cualquier partícula puede convertirse de repente en el centro del movimiento y obligar al sistema a girar a su alrededor; como hace por un tiempo todo hombre de voluntad férrea, como Pisístrato o Cromwell, y para siempre todo hombre de verdad, como Platón o Pablo. Pero la política descansa sobre cimientos necesarios y no puede ser tratada con ligereza. Abundan en las repúblicas los jóvenes civiles que creen que las leyes hacen la ciudad, que se pueden aprobar o revocar mediante votación modificaciones profundas en la política, los modos de vida y los empleos de la población, así como el comercio, la educación y la religión; y que cualquier medida, por absurda que sea, puede imponerse a un pueblo con tal de conseguir suficientes votos para convertirla en ley. Pero los sabios saben que la legislación insensata es una soga de arena que se deshace al trenzarla; que el Estado debe seguir y no encabezar el carácter y el progreso del ciudadano; que del usurpador más fuerte se prescinde con rapidez; y que solo aquellos que construyen sobre Ideas, construyen para la eternidad; y que la forma de gobierno que prevalece es la expresión del grado de cultura existente en la población que la consiente. La ley es solo un memorando. Somos supersticiosos y estimamos en algo el estatuto: su fuerza reside en la vida que este tiene en el carácter de los hombres vivos. El estatuto está ahí para decir: Ayer acordamos tal cosa, pero ¿cómo sentís este artículo hoy? Nuestro estatuto es una moneda que acuñamos con nuestro propio retrato: pronto se vuelve irreconocible y, con el tiempo, regresará a la casa de la moneda. La naturaleza no es democrática, ni monárquica constitucional, sino despótica, y no se dejará engañar ni rebajar un ápice de su autoridad por

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