sabe hacer. Hay cierta magia en su acción más propia que estupefacta vuestros poderes de observación, de modo que, aunque se haga ante vosotros, no os dais cuenta de ello. El arte de la vida tiene un pudor, y no quiere ser expuesto. Cada hombre es una imposibilidad hasta que nace; todo es imposible hasta que vemos un éxito. Los ardores de la piedad coinciden al fin con el escepticismo más frío —en que nada depende de nosotros ni de nuestras obras—, en que todo es de Dios. La naturaleza no nos escatimará la más pequeña hoja de laurel. Toda escritura viene por la gracia de Dios, y todo hacer y tener. Con mucho gusto sería moral y mantendría las debidas lindes y límites, que amo entrañablemente, y concedería el máximo a la voluntad del hombre; pero me he propuesto la honestidad en este capítulo, y al final no puedo ver en el éxito o en el fracaso otra cosa que una mayor o menor fuerza vital suministrada por el Eterno. Los resultados de la vida son incalculados e incalculables. Los años enseñan mucho que los días nunca conocen. Las personas que componen nuestra compañía, conversan, van y vienen, y proyectan y ejecutan muchas cosas, y algo sale de todo ello, pero con un resultado inesperado. El individuo siempre está equivocado. Proyectó muchas cosas y reclutó a otras personas como coadyuvantes, se peleó con algunas o con todas, cometió muchos errores, y algo se hace; todos avanzan un poco, pero el individuo siempre está equivocado. Resulta algo nuevo y muy distinto de lo que se había prometido a sí mismo.
Los antiguos, impresionados por esta imposibilidad de reducir los elementos de la vida humana al cálculo, elevaron el Azar a la categoría de divinidad; pero eso es detenerse demasiado en la chispa, que ciertamente brilla en un punto, mientras que el universo entero se abriga con la latencia de ese mismo fuego.