Cuando he visto estatuas finas y después entro en una asamblea pública, comprendo bien lo que quiso decir aquel que afirmó: «Cuando he estado leyendo a Homero, todos los hombres parecen gigantes». Yo también veo que la pintura y la escultura son gimnasia para el ojo, su entrenamiento en las sutilezas y curiosidades de su función. No hay estatua como este hombre vivo, con su infinita ventaja sobre toda escultura ideal, de la perpetua variedad. ¡Qué galería de arte tengo aquí! Ningún manierista hizo estos variados grupos y diversas figuras individuales originales. He aquí al artista mismo improvisando, sombrío y alegre, ante su bloque. Ahora le asalta un pensamiento, ahora otro, y en cada momento altera todo el aire, la actitud y la expresión de su arcilla. Fuera vuestras tonterías de óleo y caballetes, de mármol y cinceles; excepto para abrir vuestros ojos a los dominios del arte eterno, son basura hipócrita.
La referencia de toda producción en última instancia a un Poder primordial explica los rasgos comunes a todas las obras del arte supremo: que son universalmente inteligibles; que nos devuelven los estados mentales más simples, y que son religiosas. Dado que la destreza que en ellas se muestra es la reaparición del alma original, un chorro de luz pura, debería producir una impresión similar a la que causan los objetos naturales. En las horas felices, la naturaleza se nos antoja una con el arte; el arte perfeccionado —la obra del genio—. Y el individuo en quien los gustos sencillos y la susceptibilidad a todas las grandes influencias humanas doblegan los accidentes de una cultura local y especial es el mejor crítico de arte. Aunque recorramos el mundo entero en busca de la belleza, debemos llevarla con nosotros, o no la hallaremos. Lo mejor de la belleza es un encanto más sutil de lo que la destreza en las superficies, en los contornos o en las reglas del arte podrá jamás enseñar, a saber, la irradiación a partir de la obra de arte del carácter humano —una