Las leyes del mundo están escritas para él en cada moneda que cae en sus manos.
No hay nada que no le convenga saber, aunque fuera tan solo la sabiduría del Pobre Richard, o la prudencia de State Street de comprar por acre para vender por pie; o la frugalidad del agricultor de plantar un árbol entretanto, porque crecerá mientras él duerme; o la prudencia que consiste en administrar pequeños golpes de herramienta, pequeñas porciones de tiempo, partículas de capital y pequeñas ganancias.
El ojo de la prudencia jamás debe cerrarse.
El hierro, si se guarda en la ferretería, se oxidará; la cerveza, si no se elabora en las condiciones atmosféricas adecuadas, se agriará; la madera de los barcos se pudrirá en el mar, o si se almacena en seco y a buen recaudo, se agrietará, se alabeará y sufrirá podrición seca; el dinero, si lo guardamos, no rinde ningún beneficio y está expuesto a pérdidas; si se invierte, está expuesto a la depreciación del tipo particular de valor.
¡Golpea, dice el herrero, el hierro está blanco; mantén el rastrillo, dice el segador, tan cerca de la guadaña como puedas, y el carro tan cerca del rastrillo.