balbucean y juegan. Así Dios ha armado a la juventud, la pubertad y la virilidad no menos con su propia picardía y encanto, y las ha hecho envidiables y graciosas y con pretensiones imposibles de eludir, si es que se sostienen por sí mismas. No creas que el joven no tiene fuerza, porque no puede hablarte a ti y a mí. ¡Escucha! En la habitación contigua su voz es suficientemente clara y enfática. Parece que sabe cómo hablarles a sus contemporáneos. Tímido o audaz entonces, sabrá cómo volvernos a nosotros los mayores muy innecesarios.
La despreocupación de los muchachos que tienen la cena asegurada, y que desdeñarían tanto como un lord hacer o decir algo para congraciarse con alguien, es la actitud saludable de la naturaleza humana. Un muchacho es en el salón lo que el paraíso en el teatro; independiente, irresponsable, contemplando desde su rincón a cuantas personas y hechos pasan por allí, los juzga y sentencia por sus méritos, de la manera rápida y sumaria de los muchachos: como buenos, malos, interesantes, necios, elocuentes, molestos. Nunca se preocupa por las consecuencias, por los intereses; emite un veredicto independiente y genuino. Hay que cortejarlo; él no lo corteja a usted. Pero el hombre está, por así decirlo, encerrado en la cárcel de su propia conciencia. Tan pronto como ha actuado o hablado con éclat, se convierte en una persona comprometida, vigilada por la simpatía o el odio de cientos, cuyos afectos debe tener ahora en cuenta. No hay Leteo para esto. ¡Ah, si pudiera volver a su neutralidad! Quien así puede evitar todos los compromisos y, tras haber observado, observar nuevamente desde esa misma inocencia desinteresada, imparcial, incorruptible y sin miedo, será siempre formidable. Emitiría opiniones sobre todos los asuntos corrientes que, al verse no como privadas sino como necesarias, se hundirían como dardos en los oídos de los hombres y los infundirían de temor.
Estas son las voces que oímos en la soledad, pero se van desvaneciendo y se vuelven inaudibles a medida que entramos en el mundo.