realización. Webster no puede hacer el trabajo de Webster. Concebimos con bastante claridad el genio francés, el español, el alemán, y no es menos real el hecho de que tal vez no encontremos en ninguna de esas naciones a un solo individuo que se corresponda con el tipo. Inferimos el espíritu de la nación en gran medida a partir del idioma, que es una especie de monumento al cual cada individuo enérgico a lo largo de muchos cientos de años ha contribuido con una piedra. Y, universalmente, un buen ejemplo de esta fuerza social es la veracidad del lenguaje, que no puede ser corrompido. En cualquier controversia sobre moral, se puede apelar con seguridad a los sentimientos que expresa la lengua del pueblo. Los proverbios, las palabras y las inflexiones gramaticales transmiten el sentido público con más pureza y precisión que el individuo más sabio.
En la célebre disputa con los nominalistas, los realistas llevaban gran parte de razón. Las ideas generales son esencias. Son nuestros dioses: redondean y ennoblecen la forma de vida más parcial y sórdida. Nuestra propensión a los detalles no puede degradar del todo nuestra vida ni despojarla de poesía. Al jornalero se le considera en la base de la escala social, y sin embargo está imbuido de las leyes del mundo. Sus medidas son las horas; la mañana y la noche, el solsticio y el equinoccio, la geometría, la astronomía y todos los encantadores accidentes de la naturaleza cruzan por su mente. El dinero, que representa la prosa de la vida y del que apenas se habla en los salones sin una disculpa, es, en sus efectos y leyes, tan hermoso como las rosas. La propiedad lleva las cuentas del mundo y es siempre moral. La propiedad se hallará allí donde el trabajo, la sabiduría y la virtud han estado en las naciones, en las clases y (considerada toda la vida, con sus compensaciones) también en el individuo.