Esto es tan cierto en lo intelectual como en lo moral. Cada nueva mente a la que nos acercamos parece requerir la abdicación de todas nuestras posesiones pasadas y presentes. Una nueva doctrina parece en un principio la subversión de todas nuestras opiniones, gustos y modos de vida. Tal han parecido Swedenborg, tal Kant, tal Coleridge, tal Hegel o su intérprete Cousin a muchos jóvenes de este país. Aceptad con agradecimiento y de todo corazón cuanto puedan daros. Agotadlos, luchad con ellos, no los dejéis marchar hasta conquistar su bendición, y tras un breve lapso la consternación habrá pasado, el exceso de influencia se habrá retirado y ya no serán un meteoro alarmante, sino una estrella más brillando serenamente en vuestro cielo y fundiendo su luz con todo vuestro día.
Pero mientras él se entrega sin reservas a aquello que lo atrae, porque eso es suyo propio, ha de negarse a aquello que no lo atrae, por mucha fama y autoridad que lo acompañen, porque no es suyo propio. La total confianza en uno mismo pertenece al intelecto. Un alma es el contrapeso de todas las almas, tal como una columna capilar de agua es un contrapeso para el mar. Debe tratar a las cosas, a los libros y al genio soberano como si ella misma fuera también soberana. Si Esquilo es el hombre que se cree que es, aún no ha cumplido su cometido cuando ha educado a los doctos de Europa durante mil años. Ahora ha de demostrar ser un maestro del deleite también para mí. Si no puede hacer eso, toda su fama de nada le servirá conmigo. Sería un necio si no sacrificara mil Esquilos a mi integridad intelectual. Adopta especialmente la misma postura con respecto a la verdad abstracta, la ciencia de la mente. El Bacon, el Spinoza, el Hume, Schelling, Kant, o quienquiera que te proponga una filosofía de la mente, no es más que un traductor más o menos torpe de cosas en tu conciencia que tú también tienes tu manera de ver, tal vez de denominar.