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Intelecto

Las condiciones esenciales para una mente constructiva no parecen combinarse tan a menudo como para que una buena frase o un buen verso dejen de estar frescos y ser memorables durante mucho tiempo.

Sin embargo, cuando escribimos con soltura y salimos al aire libre del pensamiento, nos parece tener la certeza de que nada es más fácil que continuar esta comunicación a voluntad. Arriba, abajo, en derredor, el reino del pensamiento no tiene cercados, sino que la Musa nos hace ciudadanos libres de su ciudad.

Pues bien, el mundo cuenta con un millón de escritores. Uno pensaría entonces que el buen pensamiento sería tan familiar como el aire y el agua, y que los dones de cada nueva hora excluirían a los de la anterior. Sin embargo, podemos contar todos nuestros buenos libros; es más, recuerdo cualquier verso hermoso desde hace veinte años.

Es verdad que el intelecto perspicaz del mundo está siempre muy por delante del creativo, de modo que hay muchos jueces competentes del mejor libro, y pocos escritores de los mejores libros.

Pero algunas de las condiciones de la construcción intelectual son de rara aparición. El intelecto es un todo y exige integridad en cada obra. A esto se oponen por igual la devoción de un hombre a un solo pensamiento y su ambición de combinar demasiados.

La verdad es nuestro elemento vital, pero si un hombre fija su atención en un solo aspecto de la verdad y se dedica a este por entero durante mucho tiempo, la verdad se deforma y deja de ser ella misma para convertirse en falsedad; asemejándose en esto al aire, que es nuestro elemento natural y el aliento de nuestras narices, pero si se dirige una corriente del mismo sobre el cuerpo de manera continuada, provoca resfriados, fiebre e incluso la muerte. ¡Qué fatigoso resulta el gramático, el frenólogo, el fanático político o religioso, o en verdad cualquier mortal poseído cuyo equilibrio se pierde

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