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Amor

En el más patético y abyecto infundirá un corazón y un valor capaces de desafiar al mundo, con tal de que cuente con el favor del objeto amado. Al entregarse a otro, se entrega aún más a sí mismo. Es un hombre nuevo, con nuevas percepciones, propósitos nuevos y más agudos, y una solemnidad religiosa de carácter y de fines. Ya no pertenece a su familia ni a la sociedad. Es algo. Es una persona. Es un alma.

Y examinemos aquí un poco más de cerca la naturaleza de esa influencia que es tan potente sobre la juventud humana.

La belleza, cuya revelación al hombre celebramos ahora, bienvenida como el sol allí donde le place brillar, que complace a todo el mundo con ella y consigo mismo, se basta a sí misma.

El enamorado no puede pintar a su doncella en su fantasía pobre y solitaria. Como un árbol en flor, tanta hermosura suave, incipiente y comunicativa es sociedad para sí misma; y ella le enseña a su ojo por qué la Belleza fue representada con Amores y Gracias siguiendo sus pasos.

Su existencia hace rico al mundo. Aunque ella excluya a todas las demás personas de su atención por considerarlas mezquinas y desmerecedoras, lo indemniza proyectando su propio ser hacia algo impersonal, vasto, mundano, de modo que la doncella representa para él a todas las cosas y virtudes selectas.

Por esa razón, el enamorado nunca ve parecido personal alguno en su amada con sus parientes ni con otros. Sus amigos encuentran en ella un parecido con su madre, o con sus hermanas, o con personas que no son de su sangre. El enamorado no ve más parecido que con las tardes de verano y las mañanas de diamante, con los arcos iris y el canto de los pájaros.

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