recelosas, y deban suspender su juicio por los años venideros, podéis empezar a abrigar esperanzas. Quienes viven para el porvenir deben parecer siempre egoístas a quienes viven para el presente. Por eso resultó gracioso en el buen Riemer, que ha escrito memorias de Goethe, elaborar una lista de sus donaciones y buenas obras, tales como: tantos cientos de táleros entregados a Stilling, a Hegel, a Tischbein; un puesto lucrativo hallado para el profesor Voss, un cargo bajo el Gran Duque para Herder, una pensión para Meyer, dos profesores recomendados a universidades extranjeras; etc., etc. La lista más larga de especificaciones de beneficio parecería muy corta. Un hombre es una pobre criatura si ha de ser medido así. Pues todo esto, por supuesto, son excepciones, y la regla y la vida cotidiana de un hombre bueno es la beneficencia. La verdadera caridad de Goethe ha de inferirse del relato que dio al Dr. Eckermann de la manera en que había gastado su fortuna: «Cada bon-mot mío ha costado una bolsa de oro. Medio millón de mi propio dinero, la fortuna que heredé, mi sueldo y los grandes ingresos derivados de mis escritos durante cincuenta años atrás, se han gastado en instruirme en lo que ahora sé. He visto además», etc.
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Carácter
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