Algunos pensamientos siempre nos encuentran jóvenes y nos mantienen así. Semejante pensamiento es el amor a la belleza universal y eterna. Cada hombre se aparta de esa contemplación con la sensación de que esta pertenece más bien a las edades que a la vida mortal. La más mínima actividad de las facultades intelectuales nos redime en cierto grado de las condiciones del tiempo. En la enfermedad, en el hastío, enlázanos un fragmento de poesía o una sentencia profunda, y nos sentiremos revitalizados; o tráenos un volumen de Platón o de Shakespeare, o recuérdanos sus nombres, e instantáneamente experimentaremos una sensación de longevidad. Ved cómo el profundo pensamiento divino reduce los siglos y los milenios y se hace presente a través de todas las edades. ¿Es la enseñanza de Cristo menos eficaz ahora que cuando su boca fue abierta por primera vez? El énfasis de los hechos y las personas en mi pensamiento no tiene nada que ver con el tiempo.
Y así siempre la balanza del alma es una, la balanza de los sentidos y del entendimiento es otra. Ante las revelaciones del alma, el Tiempo, el Espacio y la Naturaleza se encogen y se alejan.
En el lenguaje común referimos todas las cosas al tiempo, del mismo modo que habitualmente referimos las estrellas inconmensurablemente separadas a una sola esfera cóncava. Y así decimos que el Juicio está distante o cercano, que el Milenio se aproxima, que un día de ciertas reformas políticas, morales, sociales es inminente, y cosas por el estilo, cuando lo que queremos decir es que, en la naturaleza de las cosas, uno de los hechos que contemplamos es externo y fugitivo, y el otro es permanente y consustancial al alma.