un símbolo de nuestros anhelos y esfuerzos modernos, de nuestra condensación y aceleración de los objetos;—pero no se gana nada; a la naturaleza no se la puede engañar; la vida del hombre no dura más que setenta ensaladas, crezcan estas aprisa o crezcan despacio. Sin embargo, en estos frenos e imposibilidades hallamos nuestra ventaja, no menos que en los impulsos. Caiga la victoria donde cayere, nosotros estamos de ese lado. Y el conocimiento de que recorremos toda la escala del ser, desde el centro hasta los polos de la naturaleza, y de que tenemos algún interés en cada posibilidad, confiere a la muerte ese brillo sublime que la filosofía y la religión se han esmerado de un modo demasiado externo y literal en expresar en la doctrina popular de la inmortalidad del alma. La realidad es más excelente que el informe. Aquí no hay ruina, ni discontinuidad, ni bala gastada. Las divinas circulaciones nunca descansan ni se demoran. La naturaleza es la encarnación de un pensamiento, y vuelve a convertirse en pensamiento, tal como el hielo se vuelve agua y gas. El mundo es mente precipitada, y la esencia volátil escapa por siempre de nuevo al estado de pensamiento libre. De ahí la virtud y la agudeza del influjo de los objetos naturales sobre la mente, ya sean inorgánicos u organizados. El hombre encarcelado, el hombre cristalizado, el hombre vegetativo, le habla al hombre personificado. Ese poder que no respeta la cantidad, que hace del todo y de la partícula su canal igualitario, delega su sonrisa en la mañana y destila su esencia en cada gota de lluvia. Cada momento instruye, y cada objeto: pues la sabiduría está infundida en toda forma. Ha sido vertida en nosotros como sangre; nos convulsionó como dolor; se deslizó en nosotros como placer; nos envolvió en días grises y melancólicos, o en días de alegre labor; no adivinamos su esencia hasta después de mucho tiempo.
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Naturaleza
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