Los hombres de un éxito extraordinario, en sus momentos de honestidad, siempre han cantado: «No a nosotros, no a nosotros». De acuerdo con la fe de sus tiempos, han levantado altares a la Fortuna, o al Destino, o a San Julián. Su éxito radicaba en su paralelismo con el curso del pensamiento, que halló en ellos un cauce sin obstáculos; y las maravillas de las cuales eran los conductores visibles parecían a la vista obra suya. ¿Generaban los cables el galvanismo? Incluso es cierto que había menos en ellos sobre lo cual pudieran reflexionar que en otro; así como la virtud de una tubería es ser lisa y hueca. Lo que externamente parecía voluntad e inmutabilidad era buena disposición y autoaniquilación. ¿Podría Shakespeare dar una teoría de Shakespeare? ¿Pudo alguna vez un hombre de prodigioso genio matemático transmitir a otros alguna idea de sus métodos? Si pudiera comunicar ese secreto, perdería instantáneamente su valor exagerado, fundiéndose con la luz del día y la energía vital la capacidad de estar de pie y de caminar.
Estas observaciones nos enseñan a la fuerza que nuestra vida podría ser mucho más fácil y sencilla de lo que la hacemos; que el mundo podría ser un lugar más feliz de lo que es; que no hay necesidad de luchas, convulsiones y desesperaciones, de torcerse las manos y rechinar los dientes; que nosotros mismos creamos mal nuestros propios males.
Interferimos con el optimismo de la naturaleza; pues siempre que alcanzamos esta posición ventajosa del pasado, o de una mente más sabia en el presente, somos capaces de discernir que estamos rodeados por leyes que se ejecutan por sí mismas.
El rostro de la naturaleza externa enseña la misma lección. La naturaleza no tolera que nos devanemos los sesos ni nos irritemos. Nuestra benevolencia o nuestra instrucción no le agradan mucho más que nuestros fraudes y guerras. Cuando salimos del comité político, del banco, de la convención antiesclavista, de la reunión de templanza o del club trascendentalista hacia los campos y los bosques, ella nos dice: «¿Tan caliente, mi pequeño señor?».