poderes de la naturaleza. Todo está hecho de una materia oculta; como el naturalista ve un solo tipo bajo cada metamorfosis, y considera que un caballo es un hombre que corre, un pez un hombre que nada, un pájaro un hombre que vuela, un árbol un hombre con raíces. Cada nueva forma repite no solo el carácter principal del tipo, sino parte por parte todos los detalles, todos los propósitos, ayudas, impedimentos, energías y todo el sistema de cualquier otra. Cada ocupación, oficio, arte, transacción, es un compendio del mundo y un correlativo de cualquier otro. Cada uno es un emblema entero de la vida humana; de su bien y su mal, sus pruebas, sus enemigos, su curso y su fin. Y cada uno debe de algún modo acomodar al hombre entero y relatar todo su destino.
El mundo se globula en una gota de rocío. El microscopio no puede hallar el animálculo que sea menos perfecto por ser pequeño. Ojos, oídos, gusto, olfato, movimiento, resistencia, apetito y órganos de reproducción que se aferran a la eternidad—todos hallan espacio para subsistir en la pequeña criatura.
Así vertemos nuestra vida en cada acto. La verdadera doctrina de la omnipresencia es que Dios reaparece con todas sus partes en cada musgo y telaraña. El valor del universo se ingenia para proyectarse en cada punto. Si el bien está allí, también el mal; si la afinidad, también la repulsión; si la fuerza, también la limitación.
Así está vivo el universo. Todas las cosas son morales. Esa alma que dentro de nosotros es un sentimiento, fuera de nosotros es una ley. Sentimos su inspiración; allá afuera, en la historia, podemos ver su fuerza fatal. «Está en el mundo, y el mundo fue hecho por él». La justicia no se pospone. Una equidad perfecta ajusta su balanza en todas las partes de la vida. Ἀεὶ γὰρ εὖ πίπτουσιν οἱ Διὸς κύβοι —Los dados de Dios siempre están cargados. El mundo parece una tabla de multiplicar, o una ecuación matemática, que, se mire como se mire, se equilibra a sí misma. Tómese la cifra que se tome, su valor exacto, ni más ni menos, siempre vuelve a uno.