Las cosas que ahora estimamos firmes habrán de desprenderse, una a una, como fruta madura de nuestra experiencia, y caer. El viento las llevará nadie sabe a dónde. El paisaje, las figuras, Boston, Londres, son hechos tan fugaces como cualquier institución pasada, o cualquier ráfaga de neblina o humo, y lo mismo es la sociedad, y lo mismo es el mundo.
El alma mira firmemente hacia adelante, creando un mundo ante ella, dejando mundos atrás de ella.
No tiene fechas, ni ritos, ni personas, ni especialidades ni hombres.
El alma solo conoce al alma; la red de los acontecimientos es el manto fluido con el que está vestida.
Según su propia ley y no por la aritmética ha de calcularse la tasa de su progreso.
Los avances del alma no se hacen por gradación, como la que puede representarse mediante el movimiento en línea recta, sino más bien por ascensión de estado, tal como puede representarse mediante la metamorfosis: del huevo al gusano, del gusano a la mosca.
Los crecimientos del genio poseen un cierto carácter total, que no hace avanzar al individuo electo primero sobre Juan, luego sobre Adán, después sobre Ricardo, y le inflige a cada cual el dolor de una inferioridad descubierta; sino que, mediante cada estertor de crecimiento, el hombre se expande allí donde trabaja, rebasando, a cada pulsación, a clases, a poblaciones de hombres.
Con cada impulso divino la mente rasga las finas cortezas de lo visible y finito, y sale a la eternidad, e inspira y expira su aire.
Dialoga con verdades que siempre se han dicho en el mundo, y cobra conciencia de una más íntima simpatía con Zenón y Arriano que con las personas de la casa.