cada hecho y circunstancia—en el río correntoso y en el maíz susurrante. La alabanza es mirada, el homenaje rendido, el amor fluye, de la naturaleza muda, de las montañas y de las
Estas insinuaciones, caídas por así decirlo del sueño y de la noche, utilicémoslas a plena luz del día.
El estudiante ha de leer la historia de manera activa y no pasiva; debe estimar su propia vida como el texto, y los libros como el comentario.
Así compelida, la Musa de la historia proferirá oráculos, como nunca a quienes no se respetan a sí mismos. No tengo expectativa alguna de que nadie lea la historia correctamente si piensa que lo que se hizo en una época remota, por hombres cuyos nombres han resonado lejos, tiene un sentido más profundo que lo que él mismo está haciendo hoy.
El mundo existe para la educación de cada hombre.
No hay edad ni estado de sociedad ni modo de acción en la historia con el que no haya algo correspondiente en su vida.
Todo tiende de manera maravillosa a abreviarse y a rendirle su propia virtud. Él debería ver que puede vivir toda la historia en su propia persona.
Él debe sentarse firmemente en su hogar, y no consentir en ser intimidado por reyes o imperios, sino saber que él es más grande que toda la geografía y todo el gobierno del mundo; debe trasladar el punto de vista desde el cual se lee comúnmente la historia, desde Roma, Atenas y Londres, hasta sí mismo, y no negar su convicción de que él es el tribunal, y si Inglaterra o Egipto tienen algo que decirle, él juzgará el caso; si no, que callen para siempre.