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Amor

Algo así nos han hablado del amor los verdaderos sabios en todas las edades. La doctrina no es vieja ni es nueva. Si Platón, Plutarco y Apuleyo la enseñaron, también lo hicieron Petrarca, Ángelo y Milton.

Aguarda un desarrollo más verdadero en oposición y repulsa a esa prudencia subterránea que preside los matrimonios con palabras que se aferran al mundo superior, mientras un ojo acecha en el sótano; de modo que su discurso más grave tiene un dejo a jamones y artesas de salazón.

Peor aún, cuando este sensualismo se entromete en la educación de las jóvenes, y agosta la esperanza y el afecto de la naturaleza humana al enseñar que el matrimonio no significa más que la economía de un ama de casa, y que la vida de la mujer no tiene otro fin.

Pero este sueño de amor, aunque hermoso, es sólo una escena en nuestra obra.

En la procesión del alma de dentro afuera, amplía sus círculos cada vez, como la piedra arrojada al estanque, o la luz que brota de un orbe. Los rayos del alma se posan primero en las cosas más cercanas, en cada utensilio y juguete, en nodrizas y sirvientes, en la casa y el patio y los transeúntes, en el círculo de conocidos del hogar, en la política, la geografía y la historia.

Pero las cosas se agrupan siempre según leyes superiores o más interiores.

  • La vecindad, el tamaño, los números, las costumbres, las personas pierden gradualmente su poder sobre nosotros.
  • La causa y el efecto, las afinidades reales, el anhelo de armonía entre el alma y la circunstancia, el instinto progresivo e idealizador predominan más tarde, y el paso atrás de las relaciones superiores a las inferiores es imposible.
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