corrobora con su propia cabeza y sus propias manos.
Las hermosas fábulas de los griegos, al ser creaciones propiamente de la imaginación y no de la fantasía, son verdades universales.
¡Qué amplitud de significados y qué pertinencia perpetua tiene la historia de Prometeo!
Además de su valor primario como el primer capítulo de la historia de Europa (la mitología descorriendo levemente el velo de los hechos auténticos, la invención de las artes mecánicas y la migración de colonias), ofrece la historia de la religión, con cierta cercanía a la fe de las edades posteriores.
Prometeo es el Jesús de la mitología antigua. Es el amigo del hombre; se interpone entre la injusta «justicia» del Padre Eterno y la raza de los mortales, y padece voluntariamente todas las cosas por causa de ellos.
Pero donde se aparta del cristianismo calvinista y lo presenta como el desafiante de Jove, representa un estado de ánimo que aparece fácilmente siempre que la doctrina del teísmo se enseña en una forma burda y objetiva, y que parece la autodefensa del hombre contra esta verdad a medias, a saber, un descontento con el hecho creído de que Dios existe, y un sentimiento de que la obligación de la reverencia es onerosa.
Robaría, si pudiera, el fuego del Creador, y viviría apartado de él e independiente de él. El Prometeo encadenado es el romance del escepticismo.
No menos fieles a todos los tiempos son los detalles de aquel majestuoso apólogo. Apolo guardaba los rebaños de Admeto, decían los poetas. Cuando los dioses vienen entre los hombres, no son conocidos. Jesús no lo fue; Sócrates y Shakespeare tampoco.