tocado, atendiendo a su propia salud, tendiendo trampas para conseguir comida dulce y vino fuerte, poniendo su corazón en un caballo o en un rifle, hecho feliz con un poco de chisme o un poco de alabanza, que el gran alma no puede menos que reírse de semejante sincera tontería.
“Ciertamente, estas humildes consideraciones me hacen perder el afecto por la grandeza. ¡Qué deshonra es para mí reparar en cuántos pares de medias de seda tienes, a saber, estas y aquellas que fueron las de color melocotón; o llevar el inventario de tus camisas, como una por superfluidad, y otra más para el uso!”
Ciudadanos, que piensan según las leyes de la aritmética, consideran el inconveniente de recibir a los extraños en su hogar, calculan estrictamente la pérdida de tiempo y el despliegue desacostumbrado; el alma de mejor calidad rechaza esa economía inoportuna hacia las bóvedas de la vida, y dice:
Obedeceré al Dios, y el sacrificio y el fuego los proveerá Él.
Ibn Hankal, el geógrafo árabe, describe un extremo heroico en la hospitalidad de Sogdiana, en Bujará.
“Cuando estuve en Sogdiana vi un gran edificio, semejante a un palacio, cuyas puertas estaban abiertas y sujetas a la pared con grandes clavos. Pregunté la razón, y se me respondió que la casa no había estado cerrada, ni de día ni de noche, en cien años. Los extranjeros pueden presentarse a cualquier hora y en cualquier número; el amo ha provisto ampliamente para la recepción de los hombres y de sus animales, y nunca es más feliz que cuando se detienen por algún tiempo. Nada semejante he visto en ningún otro país”.