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Leyes espirituales

Estamos llenos de acciones mecánicas. Nos vemos obligados a inmiscuirnos y hacer las cosas a nuestra manera, hasta que los sacrificios y las virtudes de la sociedad se vuelven odiosos.

El amor debería crear alegría; pero nuestra benevolencia es infeliz. Nuestras escuelas dominicales, iglesias y sociedades de beneficencia son yugos para el cuello. Nos mortificamos para no complacer a nadie.

Hay maneras naturales de llegar a los mismos fines a los que estas aspiran, pero no llegan. ¿Por qué toda virtud ha de obrar de una y la misma manera? ¿Por qué todos deben dar dólares? Es muy incómodo para nosotros, la gente del campo, y no creemos que de ello resulte nada bueno.

No tenemos dólares; los comerciantes los tienen; que los den ellos. Los agricultores darán maíz; los poetas cantarán; las mujeres coserán; los jornaleros echarán una mano; los niños traerán flores.

¿Y por qué arrastrar este peso muerto de una escuela dominical por toda la Cristiandad? Es natural y hermoso que la infancia pregunte y la madurez enseñe; pero ya es hora de responder a las preguntas cuando se hacen. No encerréis a los jóvenes contra su voluntad en un banco de iglesia ni forcéis a los niños a hacerles preguntas durante una hora contra su voluntad.

Si miramos más ampliamente, todo es semejante; las leyes, las letras, los credos y los modos de vida parecen una parodia de la verdad. Nuestra sociedad está entorpecida por una maquinaria pesada, que se asemeja a los interminables acueductos que los romanos construyeron sobre colinas y valles, y que han quedado obsoletos por el descubrimiento de la ley de que el agua asciende al nivel de su fuente.

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