materiales del fuego; tan raudas, o mucho más raudas, más activas, más reconfortantes, son estas sutiles irradiaciones interiores. Desde el grado más alto de amor apasionado hasta el grado más bajo de buena voluntad, ellas constituyen la dulzura de la vida.
Nuestros poderes intelectuales y activos aumentan con nuestro afecto. El erudito se sienta a escribir, y todos sus años de meditación no le proporcionan ni un solo buen pensamiento o expresión feliz; pero es necesario escribir una carta a un amigo, y de inmediato legiones de gentiles pensamientos se revisten, por todas partes, de palabras elegidas.
Mirad en cualquier casa donde moran la virtud y el respeto a uno mismo la palpitación que provoca la llegada de un desconocido. Un desconocido recomendado es esperado y anunciado, y una inquietud entre el placer y el dolor invade todos los corazones de un hogar. Su llegada casi infunde miedo en los buenos corazones que habrían de recibirlo. Se desempolva la casa, todo vuela a su lugar, se cambia el viejo abrigo por el nuevo y hay que apañar una cena si se puede.
De un forastero recomendado, solo se cuenta el buen informe por los demás, solo lo bueno y nuevo es oído por nosotros. Él representa para nosotros la humanidad. Él es lo que deseamos. Habiéndolo imaginado e invertido en él [nuestras expectativas], preguntamos cómo deberíamos relacionarnos en la conversación y en la acción con tal hombre, y nos sentimos inquietos por el temor. La misma idea exalta la conversación con él. Hablamos mejor de lo que solemos. Tenemos la más ágil fantasía, una memoria más rica, y nuestro demonio mudo se ha marchado por el momento. Durante largas horas podemos continuar una serie de comunicaciones sinceras, elegantes y ricas, extraídas de la más antigua y secreta