De vez en cuando surgen entre nosotros espíritus raros y extravagantes que nos revelan nuevos hechos de la naturaleza.
Veo que los hombres de Dios han caminado de cuando en cuando entre los hombres y han hecho sentir su mandato en el corazón y en el alma del oyente más común.
De ahí evidentemente el trípode, el sacerdote, la sacerdotisa inspirados por el soplo divino.
Jesús asombra y subyuga a la gente sensual. No pueden unirlo a la historia, ni reconciliarlo consigo mismos. A medida que llegan a venerar sus intuiciones y aspiran a vivir santamente, su propia piedad explica cada hecho, cada palabra.
Con qué facilidad se domestican en la mente estos viejos cultos de Moisés, de Zoroastro, de Manú, de Sócrates.
No encuentro en ellos ninguna antigüedad. Son tan míos como suyos.
He visto a los primeros monjes y anacoretas, sin cruzar mares ni siglos. Más de una vez se me ha aparecido algún individuo con tal negligencia del trabajo y tan imperiosa contemplación, un altivo beneficiario que mendiga en nombre de Dios, que hizo válidos para el siglo XIX a Simón el Estilita, la Tebaida y los primeros capuchinos.
El sacerdocio de Oriente y Occidente, del mago, del brahmán, del druida y del inca, se explica en la vida privada del individuo. La influencia encorsetadora de un formalista rígido sobre un niño pequeño —al reprimir su alegría y su valor, paralizar su entendimiento, y ello sin engendrar indignación, sino tan solo miedo y obediencia, y aun mucha simpatía hacia la tiranía— es un hecho conocido, que el niño, al convertirse en hombre, solo se explica al comprender que el opresor de su juventud es a su vez un niño tiranizado por aquellos nombres, palabras y