La amistad exige un trato religioso. Hablamos de elegir a nuestros amigos, pero los amigos se eligen a sí mismos. La reverencia es gran parte de ello. Trata a tu amigo como a un espectáculo. Por supuesto que tiene méritos que no son los tuyos, y que no puedes honrar si necesitas tenerlo pegado a tu persona. Hazte a un lado; da espacio a esos méritos; déjalos ascender y expandirse. ¿Eres el amigo de los botones de tu amigo, o de su pensamiento? Para un gran corazón seguirá siendo un extraño en mil detalles, para poder acercarse en el terreno más sagrado. Deja a los muchachos y a las muchachas considerar al amigo como propiedad, y exprimir un placer breve y confuso de todo, en vez del beneficio más noble.
Compremos nuestra entrada a este gremio mediante un largo noviciado.
¿Por qué habríamos de profanar almas nobles y hermosas entrometiéndonos en ellas? ¿Por qué insistir en relaciones personales precipitadas con vuestro amigo? ¿Por qué ir a su casa, o conocer a su madre, a su hermano y a sus hermanas? ¿Por qué recibir sus visitas en la vuestra?
¿Son estas cosas esenciales para nuestro pacto? Dejadnos de arrumacos y zarandeos. Que él sea para mí un espíritu. Un mensaje, un pensamiento, una sinceridad, una mirada suya, eso es lo que quiero, pero no noticias, ni lentejas. Pueden serme dados la política, la charla y los favores vecinales por compañeros más baratos.
¿No debería la compañía de mi amigo serme tan poética, pura, universal y grande como la propia naturaleza?
¿Acaso debo sentir que nuestro vínculo es profano en comparación con aquella barra de nube que duerme en el horizonte, o con ese racimo de hierba ondulante que divide el arroyo?
No lo vilipendiemos, elevémoslo a esa altura.