El trato de la sociedad, su comercio, su religión, sus amistades, sus disputas, es una vasta investigación judicial del carácter. En pleno tribunal, o en pequeño comité, o confrontados cara a cara, acusador y acusado, los hombres se ofrecen a ser juzgados. En contra de su voluntad, exhiben esos pequeños detalles decisivos mediante los cuales se lee el carácter. ¿Pero quién juzga? ¿Y qué? No nuestro entendimiento. No los leemos mediante el saber o la astucia. No; la sabiduría del hombre sabio consiste en esto, en que no los juzga; se deja que se juzguen a sí mismos y se limita a leer y registrar su propio veredicto.
En virtud de esta naturaleza inevitable, la voluntad privada es doblegada y, a pesar de nuestros esfuerzos o nuestras imperfecciones, vuestro genio hablará desde vosotros, y el mío desde mí. Lo que somos, lo enseñaremos, no voluntariamente sino involuntariamente.
Los pensamientos llegan a nuestras mentes por avenidas que nunca dejamos abiertas, y los pensamientos se van de nuestras mentes por avenidas que nunca abrimos voluntariamente. El carácter enseña por encima de nosotros.
El índice infalible del verdadero progreso se halla en el tono que adopta el hombre. Ni su época, ni su educación, ni su compañía, ni sus libros, ni sus acciones, ni sus talento, ni todo ello en conjunto puede impedirle ser deferente hacia un espíritu superior al suyo.
Si no ha hallado su morada en Dios, sus modales, sus formas de hablar, el giro de sus frases, la estructura, ¿he de decirlo?, de todas sus opiniones lo confesarán involuntariamente, por mucho que se atreva a disimularlo.
Si ha hallado su centro, la Divinidad brillará a través de él, a través de todos los disfraces de la ignorancia, de un temperamento antipático, de circunstancias desfavorables. El tono de la búsqueda es uno, y el tono de la posesión es otro.