En olas incontables que al cielo aspiran se esfuerza la marea que atrae la luna: en mil injertos lejos trasplantados sobrevive el fruto que los cuna; así, en los millones recién nacidos, el Adán perfecto se aúna.
No son menos caras las mañanas de verano a cada niño que despiertan, y cada cual con vida novedosa su esfera llena por su propia cuenta.
No me cansaré de repetir que el hombre es tan solo una naturaleza relativa y representativa. Cada uno es un indicio de la verdad, pero está bastante lejos de ser esa verdad que, sin embargo, nos sugiere de un modo tan nuevo e inevitable. Si la busco en él, no la hallaré. ¡Pudiera un hombre conducir hacia mí la corriente pura de aquello que pretende ser! Mucho después encuentro en otra parte aquella cualidad que él me prometió. El genio de los platónicos resulta embriagador para el estudiante, mas ¡qué pocos detalles de este puedo separar de todos sus libros. El hombre representa momentáneamente al pensamiento, pero no resiste el examen; y una sociedad de hombres representará superficialmente y con bastante acierto cierta cualidad y cultura, por ejemplo, la caballerosidad o la belleza de modales; pero sepárenlos y no habrá ningún caballero ni ninguna dama en el grupo. El más leve indicio nos lanza en pos de un carácter que ningún hombre encarna. Tenemos unos ojos tan exorbitantes que al ver el arco más pequeño completamos la curva, y cuando se levanta el velo del diagrama que este parecía ocultar, nos mortifica descubrir que no se había dibujado nada más que ese mismo fragmento de arco que vimos en un principio. Somos demasiado generosos en nuestra interpretación de la