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El alma soberana

Hay una cierta sabiduría de la humanidad que es común a los hombres más grandes con los más humildes, y que nuestra educación ordinaria a menudo se esfuerza por silenciar y obstruir.

La mente es una, y las mejores mentes, que aman la verdad por amor a la verdad misma, piensan mucho menos en la propiedad sobre la verdad. La aceptan con gratitud en todas partes, y no la etiquetan ni la sellan con el nombre de ningún hombre, pues les pertenece desde mucho antes y desde la eternidad.

Los eruditos y los estudiosos del pensamiento no tienen el monopolio de la sabiduría.

Su violencia de dirección los descalifica en cierto grado para pensar con verdad.

Debemos muchas observaciones valiosas a personas que no son muy agudas o profundas, y que dicen sin esfuerzo aquello que necesitamos y llevamos mucho tiempo buscando en vano.

La acción del alma se halla más a menudo en lo que se siente y se calla que en lo que se dice en cualquier conversación.

Se cernía sobre toda sociedad, y los hombres la buscan inconscientemente los unos en los otros. Sabemos mejor de lo que obramos. Aún no nos poseemos a nosotros mismos, y sabemos al mismo tiempo que somos mucho más.

¡Cuántas veces siento la misma verdad en mi trivial conversación con mis vecinos, al percatarme de que algo superior en cada uno de nosotros pasa por alto este juego secundario, y Júpiter saluda a Júpiter desde detrás de cada uno de nosotros!

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