La historia de aquellos dioses y santos que el mundo ha escrito y luego adorado, son documentos de carácter. Las eras se han regocijado en los modales de un joven que no le debía nada a la fortuna, y que fue colgado en el Tyburn de su nación, el cual, por la pura cualidad de su naturaleza, arrojó un esplendor épico en torno a los hechos de su muerte que ha transfigurado cada detalle en un símbolo universal para los ojos de la humanidad. Esta gran derrota es hasta ahora nuestro hecho supremo. Pero la mente requiere una victoria para los sentidos; una fuerza de carácter que convierta a juez, jurado, soldado y rey; que gobierne las virtudes animales y minerales, y se funde con los cursos de la savia, de los ríos, de los vientos, de las estrellas y de los agentes morales.
Si no podemos alcanzar de un salto estas grandezas, hagámosles al menos los honores debidos. En la sociedad, las grandes ventajas se le anotan al poseedor como desventajas. Ello exige mayor cautela en nuestras valoraciones privadas. No le perdono a mis amigos la incapacidad de reconocer un carácter noble y de acogerlo con agradecida hospitalidad. Cuando por fin aquello que siempre hemos anhelado llega y nos alumbra con alegres rayos desde aquella lejana tierra celestial, ser entonces groseros, ser entonces críticos y tratar a semejante visitante con la jerga y la sospecha de las calles, denota una vulgaridad que parece cerrar las puertas del cielo. Esto es confusión, esto la auténtica locura, cuando el alma ya no conoce lo suyo, ni sabe a quién debe su lealtad, su religión. ¿Acaso hay otra religión que esta: saber que dondequiera que en el amplio desierto del ser el santo sentimiento que atesoramos se haya abierto en flor, florece para mí? Si nadie la ve, la veo yo; soy consciente, aunque sea el único, de la grandeza del hecho.