por nuestra ineptitud, son agujeros y guaridas. Si la colmena es perturbada por manos imprudentes y estúpidas, en vez de miel nos dará abejas. Nuestras palabras y acciones, para ser justas, deben ser oportunas. Un sonido alegre y placentero es el del afilado de la guadaña en las mañanas de junio, pero ¿qué hay más solitario y triste que el sonido de una piedra de afilar o chaira de segador cuando ya es demasiado tarde en la estación para hacer heno? Los hombres atolondrados y «tardíos» arruinan mucho más que su propio asunto al estropear el temple de quienes tratan con ellos.
He visto una crítica sobre algunas pinturas, que me recuerda a los hombres holgazanes e infelices que no son fieles a sus sentidos. El último gran duque de Weimar, un hombre de entendimiento superior, dijo: «He observado a veces en presencia de gran arte, y ahora mismo especialmente en Dresde, cuánto contribuye cierta propiedad al efecto que da vida a las figuras, y a la vida una verdad irresistible. Esta propiedad consiste en dar, en todas las figuras que dibujamos, con el centro de gravedad correcto. Me refiero a colocar las figuras firmemente sobre sus pies, hacer que las manos agarren y fijar los ojos en el lugar al que deben mirar. Incluso las figuras sin vida, como vasijas y taburetes —por muy correctamente que estén dibujadas— pierden todo efecto tan pronto como carecen del apoyo sobre su centro de gravedad y tienen cierta apariencia flotante y oscilante. El Rafael de la galería de Dresde (el único cuadro profundamente conmovedor que he visto) es la pieza más silenciosa y desappasionada que podáis imaginar; un par de santos que adoran a la Virgen y al Niño. Sin embargo, despierta una impresión más profunda que las contorsiones de diez mártires crucificados. Pues además de toda la belleza irresistible de la forma, posee en el grado más alto la propiedad de la perpendicularidad de todas las figuras».
Esta perpendicularidad exigimos de todas las figuras en este cuadro de la vida. Que se tengan en pie, y no floten ni se balanceen.