La verdad tiraniza a los miembros reacios del cuerpo. Las caras nunca mienten, se suele decir. Nadie necesita ser engañado si está dispuesto a estudiar los cambios de expresión. Cuando un hombre dice la verdad con espíritu de verdad, su mirada es tan clara como los cielos. Cuando tiene fines viles y habla con falsedad, la mirada se vuelve turbia y a veces bizca.
He oído decir a un consejero experimentado que jamás temía el efecto ante un jurado de un abogado que no creyera en su corazón que su cliente merecía un veredicto.
Si no lo cree, su incredulidad se manifestará ante el jurado, a pesar de todas sus protestas, y se convertirá en la incredulidad de estos. Esta es esa ley por la cual una obra de arte, de cualquier clase, nos coloca en el mismo estado mental en el que se encontraba el artista cuando la hizo.
Aquello que no creemos no podemos decirlo adecuadamente, por mucho que repitamos las palabras. Fue esta convicción la que expresó Swedenborg cuando describió a un grupo de personas en el mundo espiritual que se esforzaban en vano por articular una proposición que no creían; pero no podían, aunque torcían y fruncían los labios hasta la indignación.
Un hombre vale por lo que es. Muy ociosa es toda curiosidad acerca de la estimación que los demás hacen de nosotros, y no lo es menos todo temor de permanecer en el anonimato. Si un hombre sabe que puede hacer algo—que puede hacerlo mejor que nadie—, tiene la garantía de que ese hecho será reconocido por todos. El mundo está lleno de juicios finales, y en cada asamblea a la que entra un hombre, en cada acción que intenta, es medido y acuñado.