¡Y tú, el Emblema que ondeas sobre todo!
Delicada belleza, una palabra para ti, (puede ser saludable,)
Recuerda que no siempre has estado aquí hoy tan confortablemente ensoberanada, En otras escenas que estas te he observado flaquear, No del todo tan pulcra y entera y frescante lozana en pliegues de seda inmaculada, Sino que te he visto estandarte, hecho jirones sobre tu asta astillada, O aferrado al pecho de algún joven portabandera con manos desesperadas, Luchado salvajemente, por la vida o la muerte, disputado largamente, En medio del trueno de los cañones y muchos anatemas y gemidos y alaridos, y ráfagas de fusil chasqueando agudas, Y masas en movimiento como demonios salvajes bramando, y vidas arriesgadas como nada, Por tu mero remango tiznado de mugre y humo y empapado en sangre, Por mor de eso, mi belleza, y para que pudieras juguetear como ahora segura allá arriba, A muchos hombres buenos he visto perecer.
Ahora aquí y estos y por ende en paz, toda tuya, ¡oh Bandera!
¡Y aquí y por ende para ti, oh Musa universal! ¡y tú para ellos!
¡Y aquí y por ende oh Unión, toda la obra y los obreros tuyos!
Ninguno separado de ti—en adelante Uno solo, nosotros y tú,
(Pues la sangre de los hijos, ¿qué es sino la sangre materna? Y las vidas y las obras, ¿qué son al fin de cuentas, salvo los caminos hacia la fe y la muerte?)
Mientras ensayamos nuestra riqueza sin medida, es por ti, querida Madre, que hoy la poseemos toda y en conjunto, indisoluble en ti; ¡No pienses que nuestro canto, nuestro desfile, es meramente por productos brutos o lucro—es por ti, el alma en ti, eléctrica, espiritual! ¡Nuestras granjas, inventos, cosechas, los poseemos en ti! ¡Ciudades y Estados en ti! ¡Nuestra libertad toda en ti! ¡Nuestras propias vidas en ti!