¿Qué oyes tú, Walt Whitman?
Oigo al obrero cantando y a la esposa del granjero cantando,
Oigo a lo lejos los sonidos de niños y de animales temprano en el día,
Oigo gritos emulativos de australianos persiguiendo al caballo salvaje,
Oigo la danza española con castañuelas a la sombra del castaño, al son del rabel y la guitarra,
Oigo continuos ecos del Támesis,
Oigo fieros cantos de la libertad francesa,
Oigo del barquero italiano el recitado musical de viejos poemas,
Oigo a las langostas en Siria cuando azotan el grano y la hierba con las lluvias de sus nubes terribles,
Oigo el estribillo copto hacia el atardecer, cayendo pensativo sobre el pecho de la negra, venerable y vasta madre Nilo,
Oigo el chirrido del arriero mexicano, y las campanas de la mula,
Oigo al almuédano árabe llamando desde lo alto de la mezquita,
Oigo a los sacerdotes cristianos en los altares de sus iglesias,
Oigo el bajo y el soprano responsivos,
Oigo el grito del cosaco, y la voz del marinero zarpando en Ojotsk,
Oigo el jadeo de la recua de esclavos mientras marchan los esclavos, mientras pasan las cuadrillas roncas de dos en dos y de tres en tres, atados con cadenas en las muñecas y cadenas en los tobillos,
Oigo al hebreo leyendo sus crónicas y salmos,
Oigo los mitos rítmicos de los griegos, y las fuertes leyendas de los romanos,
Oigo el relato de la vida divina y la muerte sangrienta del hermoso Dios el Cristo,
Oigo al hindú enseñando a su discípulo favorito los amores, las guerras, los adagios, transmitidos a salvo hasta el día de hoy por poetas que escribieron hace tres mil años.