Oigo esas odas, sinfonías, óperas, oigo en el Guillermo Tell la música de un pueblo exaltado e irritado, oigo Los hugonotes de Meyerbeer, el Profeta o Roberto, el Fausto de Gounod o el Don Juan de Mozart.
Oigo la música de baile de todas las naciones,
- El vals, un compás delicioso, que me baña y sumerge en dicha,
- El bolero al son de guitarras tintineantes y castañuelas entrechocadas.
Veo danzas religiosas viejas y nuevas, escucho el sonido de la lira hebrea, veo a los cruzados marchar llevando la cruz en alto, al son marcial de los platillos, escucho a los derviches cantar monótonamente, entremezclado con gritos frenéticos, mientras giran y giran mirando siempre hacia La Meca, veo las arrobadas danzas religiosas de los persas y de los árabes, Nuevamente, en Eleusis, hogar de Ceres, veo a los griegos modernos bailar, los escucho aplaudir mientras inclinan sus cuerpos, escucho el arrastrar métrico de sus pies.
Vuelvo a ver la salvaje y vieja danza coribántica, a los ejecutores hiriéndose mutuamente, veo a la juventud romana al son estridente de los flajetes lanzando y atrapando sus armas, mientras caen de rodillas y se levantan de nuevo.
Oigo desde la mezquita musulmana llamar al almuédano, veo a los fieles adentro, ni forma ni sermón, ni argumento ni palabra,
Sino cabezas silenciosas, extrañas, devotas, erguidas, ardientes, rostros extáticos.
Oigo el arpa egipcia de muchas cuerdas,
- Los cantos primitivos de los bogavantes del Nilo,
- Los sagrados himnos imperiales de la China,
- Con los delicados sonidos del kin (la madera y la piedra golpeadas),
- O con flautas hindúes y el rasgueo irritable de la vina,
Un grupo de baiaderas.