He dicho que el alma no es más que el cuerpo, Y he dicho que el cuerpo no es más que el alma, Y nada, ni Dios, es más grande para uno que uno mismo, Y quien camina un estadio sin simpatía camina hacia su propio funeral vestido con su mortaja, Y tú o yo sin un centavo en el bolsillo podemos comprar lo mejor de la tierra, Y mirar con un ojo o mostrar una vaina de frijol confunde la erudición de todos los tiempos, Y no hay oficio ni empleo en el que el joven que lo sigue no pueda convertirse en héroe, Y no hay objeto tan blando que no forme el eje del universo con ruedas, Y le digo a cualquier hombre o mujer: Deja que tu alma permanezca serena y compuesta ante un millón de universos.
Y digo a la humanidad: No seáis curiosos acerca de Dios,
Porque yo, que siento curiosidad por cada uno, no siento curiosidad por Dios,
(Ningún despliegue de términos puede expresar cuán en paz estoy respecto a Dios y a la muerte.)
Oigo y veo a Dios en cada objeto, sin embargo no entiendo a Dios en lo más mínimo, Ni entiendo quién puede haber más maravilloso que yo mismo.
¿Por qué habría de desear ver a Dios mejor que este día?
Veo algo de Dios en cada hora de las veinticuatro, y en cada instante entonces,
En los rostros de hombres y mujeres veo a Dios, y en mi propio rostro en el espejo,
Encuentro cartas de Dios tiradas en la calle, y cada una está firmada con el nombre de Dios,
Y las dejo donde están, pues sé que, adquiera a donde fuere,
Otros llegarán puntualmente por siempre jamás.