Mirad, vapores humeando por mis poemas, mirad, en mis poemas inmigrantes llegando y desembarcando continuamente, Mirad, en la retaguardia, el wigwam, el sendero, la choza del cazador, el bote plano, la hoja de maíz, la concesión, la cerca tosca y el pueblo de la espesura, Mirad, a un lado el Mar de Occidente y al otro el Mar de Oriente, cómo avanzan y retroceden sobre mis poemas como sobre sus propias orillas, Mirad, pastos y bosques en mis poemas—mirad, animales salvajes y domésticos—mirad, más allá del Kaw, innumerables manadas de búfalos paciendo en la hierba corta y rizada, Mirad, en mis poemas, ciudades, sólidas, vastas, del interior, con calles pavimentadas, con edificios de hierro y piedra, vehículos incesantes y comercio, Mirad, la prensa tipográfica de vapor de muchos cilindros—mirad, el telégrafo eléctrico extendiéndose a lo largo del continente, Mirad, a través de las profundidades de Atlántica, latidos de la Europa americana que se extienden, latidos de Europa debidamente devueltos, Mirad, la fuerte y rápida locomotora al partir, jadeando, haciendo sonar el silbato de vapor, Mirad, aradores arando granjas—mirad, mineros cavando minas—mirad, las fábricas sin número, Mirad, mecánicos ocupados en sus bancos con herramientas—mirad cómo de entre ellos emergen jueces superiores, filósofos, Presidentes, vestidos con ropas de trabajo, Mirad, deambulando por los talleres y campos de los Estados, a mí, tan amado, estrechamente abrazado de día y de noche, Escuchad allí los fuertes ecos de mis canciones—leed los indicios que por fin llegan.
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