Soy el maestro de los atletas,
El que por medio de mí ensancha su pecho más que el mío, prueba la anchura del mío propio,
Honra más mi estilo aquel que aprende bajo él a destruir al maestro.
El muchacho que amo, ese mismo se vuelve hombre no por un poder heredado, sino por derecho propio,
- Malvado antes que virtuoso por conformidad o miedo,
- Cariñoso con su novia, saboreando bien su bistec,
- El amor no correspondido o un desaire lastimándolo peor que cortes de afilado acero,
- De primera para cabalgar, para pelear, para dar en el blanco, para navegar en un esquife, para cantar una canción o tocar el banjo,
- Prefiriendo las cicatrices y la barba y los rostros picados de viruela por encima de todos los barberos,
- Y a los bien bronceados sobre aquellos que se escapan del sol.
Enseño a extraviarse de mí, mas ¿quién puede extraviarse de mí? Te sigo, seas quien seas, a partir de la hora presente, Mis palabras te pican en los oídos hasta que las comprendas.
No digo estas cosas por un dólar ni para llenar el tiempo mientras espero un barco,
(Eres tú quien habla tanto como yo, yo actúo como tu lengua, Atada en tu boca, en la mía empieza a soltarse.)
Juro que jamás volveré a mencionar el amor o la muerte dentro de una casa,
Y juro que jamás me traducirá nadie más que él o ella que a solas conmigo permanezca al aire libre.
Si me habéis de entender, id a las alturas o a la orilla del agua,
- El mosquito más cercano es una explicación, y una gota o movimiento de olas una clave,
- El mazo, el remo, el serrucho, secundan mis palabras.
Ningún cuarto cerrado ni escuela pueden comunicarse conmigo, Sino los bribones y los niños pequeños mejor que ellos.
El joven mecánico es el más cercano a mí, él me conoce bien,
El leñador que toma su hacha y su jarro consigo me llevará consigo todo el día,
El muchacho de granja que ara en el campo se siente bien al son de mi voz,
En embarcaciones que navegan mis palabras navegan, voy con los pescadores y marineros y los amo.
El soldado acampado o en marcha es mío,
En la noche anterior a la inminente batalla muchos me buscan, y yo no les fallo,
En esa noche solemne (puede ser la última) aquellos que me conocen me buscan.
Mi rostro se frota contra el rostro del cazador cuando se acuesta solo en su manta,
El arriero que piensa en mí no se importa del trote de su carro,
La joven madre y la anciana me comprenden,
La muchacha y la esposa detienen la aguja un momento y olvidan dónde están,
Ellas y todos reanudarán lo que les he dicho.