(Primer Anexo)
Mannahatta
Reanudado el apto y noble nombre de mi ciudad, Digno nombre aborigen, de maravillosa belleza y significado, Isla de cimientos rocosos: orillas donde siempre chapotean alegres las olas marinas que van, vienen y se apresuran.
Paumanok
¡Belleza marina! ¡estendida y tomando el sol!
Un lado tu mar interior bañando, ancho, de copioso comercio, vapores, velas, Y el otro la caricia del viento del Atlántico, fiero o gentil—poderosos cascos deslizándose oscuros en la distancia.
¡Isla de dulces arroyos de agua potable—sanos aire y suelo! ¡Isla de la orilla salada y la brisa y el salobre!
Desde la punta Montauk
Me paro como en el pico de una poderosa águila,
Hacia el este el mar absorbiendo, contemplando, (nada más que mar y cielo,)
Las olas inquietas, la espuma, los barcos en la distancia,
La agitación salvaje, las crestas nevadas y rizadas—ese impulso y empuje constante de las olas,
Buscando las costas por siempre.
A los que han fracasado
A los que han fracasado en aspiración vasta, A los soldados sin nombre caídos al frente en la vanguardia, A los serenos y devotos ingenieros—a los viajeros demasiado ardientes—a los pilotos en sus naves, A tantos cantos sublimes y cuadros sin reconocimiento—lezaría un monumento cubierto de laurel, Alto, muy alto por encima del resto—A todos los cortados antes de su tiempo, Poseídos por algún extraño espíritu de fuego, Apagados por una muerte temprana.
Un villancico para el cierre de los sesenta y nueve
Un villancico que cierra los sesenta y nueve—un resumen—una repetición, Mis versos en alegría y esperanza continuando igual, De vosotros, oh Dios, Vida, Naturaleza, Libertad, Poesía; De ti, tierra mía—tus ríos, praderas, Estados—de ti, bandera moteada que amo, Conservado entero tu agregado—del norte, sur, este y oeste, todos tus elementos; De mí mismo—el corazón jocundo aún latiendo en mi pecho, El cuerpo naufragado, viejo, pobre y paralizado—la extraña inercia cayendo como un sudario en torno a mí, Los fuegos ardientes en lo hondo de mi sangre perezosa aún no extintos, La fe no disminuida—los grupos de amigos afectuosos.
Los soldados más valientes
Valientes, valientes fueron los soldados (hoy de gran renombre) que sobrevivieron al combate;
Pero los más valientes avanzaron al frente y cayeron, sin nombre, sin conocerse.
Una fuente de tipos
Esta mina latente—estas voces no lanzadas—poderes apasionados, Ira, argumento, o alabanza, o mueca cómica, o rezo devoto, (No solo nonparel, brevier, bourgeois, long primer,) Estas olas oceánicas capaces de despertar a la furia y a la muerte, O calmadas hacia la paz y el sol brillante y el sueño, Durmientes dentro de las pálidas astillas.
Mientras estoy aquí sentado escribiendo
Mientras me siento a escribir aquí, enfermo y envejecido, No es mi menor carga que el hastío de los años, las querellas, Los desabridos sombríos, los dolores, el letargo, el estreñimiento, el tedio gimiente, Puedan filtrarse en mis cantos cotidianos.
Mi canario
¿Acaso contamos gran cosa, oh alma, al penetrar los temas de los libros poderosos,
Absorbiendo profunda y plenamente de pensamientos, obras, especulaciones?
Pero ahora de ti a mí, pájaro enjaulado, sentir tu alegre trino,
- Llenando el aire,
- la solitaria habitación,
- la larga mañana,
¿No es acaso igual de grande, oh alma?
Preguntas a mi septuagésimo año
Approaching, nearing, curious,
Thou dim, uncertain spectre—bringest thou life or death? Strength, weakness, blindness, more paralysis and heavier? Or placid skies and sun? Wilt stir the waters yet? Or haply cut me short for good? Or leave me here as now, Dull, parrot-like and old, with crack’d voice harping, screeching?
Los Mártires de Wallabout
(En Brooklyn, en una antigua bóveda, sin ninguna señal distintiva que los señale, yacen apiñados en este mismo momento los restos indudablemente auténticos de los más firmes y tempranos patriotas de la Revolución, provenientes de los barcos prisión y las prisiones británicas de la época de 1770 a 1783, en Nueva York y sus alrededores, y de todo Long Island; enterrados originalmente —muchos miles de ellos— en trincheras en los arenales de Wallabout).
Mayor que el recuerdo de Aquiles o Ulises, Más, mucho más para ti que la tumba de Alejandro, Esos carros cargados de viejas cenizas de osario, escamas y astillas de huesos mohosos, Hombres otrora vivos—otrora valor resuelto, aspiración, fuerza, Los peldaños hacia ti hoy y aquí, América.
El primer diente de león
Simple y fresco y bello del cierre del invierno emergiendo, Como si artificio alguno de moda, negocios, política, jamás hubiera existido, Desde su soleado rincón de hierba abrigada—inocente, dorado, tranquilo como el alba, El primer diente de león de la primavera muestra su confiado rostro.
América
Centro de iguales hijas, iguales hijos,
- Todas, todos igualmente queridos, crecidos, por crecer, jóvenes o viejos,
- Fuertes, amplios, bellos, duraderos, capaces, ricos,
- Perennes con la Tierra, con la Libertad, la Ley y el Amor,
Una gran, sana, imponente, sentada Madre, En su trono del adamanto del Tiempo.
Recuerdos
¡Cuán dulces son los silenciosos rastreos hacia atrás! Las deambulaciones como en sueños—la meditación de los viejos tiempos reanudada—sus amores, alegrías, personas, viajes.
Hoy y Ti
Los victoriosos designados en un juego de largo aliento; El curso del Tiempo y de las naciones—Egipto, la India, Grecia y Roma; El pasado entero, con todos sus héroes, historias, artes, experimentos, Su reserva de cantos, invenciones, viajes, maestros, libros, Cosechada para ahora y para ti—¡Pensar en ello! ¡La herencia toda convergida en ti!
Tras el destello del día
Después de que el deslumbramiento del día se ha ido,
Solo la noche oscura, oscura muestra a mis ojos las estrellas;
Después del clamor del órgano majestuoso, o del coro, o de la banda perfecta,
Silenciosa, a través de mi alma, se mueve la sinfonía verdadera.
Abraham Lincoln, n. el 12 de feb. de 1809
(Publ. el 12 de feb. de 1888)
Hoy, de todos y cada uno, un hálito de oración—un latido de pensamiento, En memoria de Él—en nacimiento de Él.
De los espectáculos de mayo seleccionados
- Huertos de manzanos, los árboles cubiertos de flores;
- Campos de trigo alfombrados a lo lejos de un verde esmeralda vital;
- La frescura eterna e inagotable de cada madrugada;
- La neblina amarilla, dorada y transparente del cálido sol vespertino;
- Los ambiciosos arbustos de lilas con profusas flores púrpuras o blancas.
Días halciones
No solo del amor próspero, Ni de la riqueza, ni de la honrada edad madura, ni de las victorias de la política o la guerra; Sino cuando la vida declina y todas las pasiones turbulentas se calman, Mientras matices espléndidos, vaporosos y silenciosos cubren el cielo vespertino, Mientras la suavidad, la plenitud, el descanso, impregnan el cuerpo, como un aire más fresco y balsámico, Mientras los días adquieren una luz más suave y la manzana por fin cuelga verdaderamente acabada y madura con desgana en el árbol, ¡Entonces por los días más fecundos, más tranquilos y más felices de todos! ¡Los días halciónicos, meditabundos y dichosos!
Fancies at Navesink
Día de las elecciones, noviembre de 1884
Si hubiera de nombrar, ¡oh, Mundo Occidental!, tu escena y tu espectáculo más poderosos,
No serías tú, Niágara, ni vosotras, praderas sin límites, ni tus enormes grietas de cañones, Colorado, Ni tú, Yosemite, ni Yellowstone, con todos sus espasmódicos bucles de géiseres ascendiendo a los cielos, apareciendo y desapareciendo, Ni los blancos conos de Oregón, ni el cinturón de lagos poderosos de Hurón, ni la corriente del Misisipi:
—La humanidad de este hemisferio en ebullición, tal como ahora es, nombraría: la voz apacible y sutil que vibra, el día de elección de América, (El meollo de esto no está en los elegidos —el acto en sí es lo principal, la elección cuatrienal—), La extensión de Norte y Sur despertada —litoral e interior— de Texas a Maine —los estados de las Praderas— Vermont, Virginia, California, La lluvia de votos postrera de Este a Oeste —la paradoja y el conflicto—, Los innumerables copos de nieve cayendo —(un conflicto sin espadas, mas que supera todas las guerras de la Roma antigua o las del Napoleón moderno): la elección pacífica de todos, Ya sea buena o mala la humanidad —dando la bienvenida a las probabilidades más oscuras, a la escoria—:
—¿Espumea y fermenta el vino? sirve para purificar —mientras el corazón jadea, la vida brilla—: Estas ráfagas y vientos tempestuosos impulsan preciosos barcos, Hicieron hinchar las velas de Washington, Jefferson, Lincoln.
Con labios de altiva y ronca voz, ¡oh mar!
Con labios ásperos y soberbios, ¡oh mar!
Donde día y noche recorro tu orilla azotada por el surf, Imaginando a mi sentido tus variadas y extrañas sugerencias, (Veo y escucho claramente tu charla y conversación aquí,) Tus tropas de corceles de crines blancas corriendo hacia la meta, Tu amplio y sonriente rostro, salpicado por los chispeantes hoyuelos del sol, Tu ceño pensativo y tenebroso—tus huracanes desatados, Tu indomabilidad, tus caprichos, tu obstinación;
Grande como eres por encima de los demás, tus muchas lágrimas—una carencia desde toda la eternidad en tu contento, (Nada menos que las mayores luchas, agravios y derrotas podrían hacerte el más grande—nada menor podría hacerlo), Tu estado solitario—algo que siempre buscas y buscas, pero que jamás alcanzas, Seguramente algún derecho negado—alguna voz, en furia inmensa y monótona, de amante de la libertad reprimido, Algún vasto corazón, como el de un planeta, encadenado y frotándose furioso en esas rompientes,
Por la ola larga, y el espasmo, y el aliento agitado, Y el rítmico raspar de tus arenas y tus olas, Y el siseo de serpiente, y las salvajes carcajadas, Y los murmullos de lejano rugido de león, (Sonando, apelando al oído sordo del cielo—mas ahora, en sintonía por una vez, Un fantasma en la noche, tu confidente por una vez,) La primera y última confesión del globo, Surgiendo a borbotones, murmurando desde los abismos de tu alma, El cuento de la pasión cósmica y elemental, Se lo cuentas a un alma afín.
Muerte del general Grant
Como uno a uno se retiran los sublimes actores, De esa gran obra en el eterno escenario de la historia, Ese acto lúgil y parcial de guerra y paz—de lo viejo y lo nuevo en lid, Librado a través de la ira, los miedos, las oscuras zozobras y tantas largas expectativas; Todo pasado—y desde entonces, en incontables tumbas que se alejan y suavizan, De vencedores y vencidos—de Lincoln y de Lee—ahora tú con ellos, ¡Hombre de los días poderosos—y a la altura de los días! ¡Tú de las praderas!—¡enmarañado, de muchas venas y duro ha sido tu papel, Con admiración ha sido interpretado!
Red Jacket (de Aloft)
(Impromptu sobre el monumento de la ciudad de Búfalo y el nuevo entierro del viejo orador iroquués, 9 de octubre de 1884)
Sobre esta escena, este espectáculo que hoy ofrecen la moda, el saber, la riqueza, (no solo por capricho: hay en ello granos de profundísimo sentido), acaso, en lo alto, (¿quién sabe?) desde las formas mezcladas de las lejanas nubes del cielo, como un viejo árbol, una roca o un acantilado, estremecido por su alma, fruto directo del sol, las estrellas y la tierra de la Naturaleza —una imponente figura humana, con camisa de caza de gasa, armada con el rifle, una sonrisa medio irónica curvando sus labios fantasmales, contempla desde arriba como uno de los fantasmas de Ossian.
El monumento de Washington, febrero de 1885
Ah, no este mármol, frío y muerto: Lejos de expandirse su base y fuste—los círculos concéntricos que abarcan, Tú, Washington, eres el mundo entero, de los continentes por entero—no tuyo solo, América, de Europa también, en cada parte, castillo de señor o choza de obrero, O Norte helado, o Sur sofocante—el del africano—el del árabe en su tienda, La Vieja Asia está allí con venerable sonrisa, sentada en medio de sus ruinas; (¿Saluda lo antiguo al héroe nuevo? ¡es solo lo mismo—el heredero legítimo, continuado siempre, El indomable corazón y brazo—pruebas de la línea nunca rota, Valor, presteza, paciencia, fe, lo mismo—aun en la derrota no derrotado, lo mismo:) Dondequiera que navegue un barco, o se alce una casa en tierra, o de día o de noche, Por las calles de populosas ciudades, dentro o fuera, fábricas o granjas, Ahora, o por venir, o pasado—donde voluntades patriotas existieron o existen, Dondequiera que la Libertad, equilibrada por la Tolerancia, regida por la Ley, Se alza o se está alzando tu verdadero monumento.
De esa garganta tuya tan alegre
(Más allá de los ochenta y tres grados norte—a una distancia de navegación de aproximadamente un buen día hasta el Polo en uno de nuestros rápidos transatlánticos con agua despejada—, el explorador Greely oyó el canto de un solitario ave de las nieves que sonaba alegremente sobre la desolación.)
De esa garganta alegre tuya, del ártico yermo y desolado, recordaré la lección, pájaro solitario; déjame a mí también dar la bienvenida a las ventiscas gélidas,
Aun al frío más profundo, como ahora: un pulso torpe, un cerebro sin nervios, La vejez encerrada en su bahía de invierno (¡frío, frío, oh frío!).
Estos cabellos nevados, mi brazo endeble, mis pies congelados, De ellos tomo tu fe, tu regla, y la grabo hasta el final;
No solo las zonas del verano; no solo los cantos de la juventud, o las cálidas mareas del sur, Sino retenido por lentos témpanos, aprisionado en el hielo del norte, el cúmulo de los años, También a estos, con alegre corazón, canto.
Broadway
¡Qué mareas humanas presurosas, de día o de noche!
¡Qué pasiones, ganancias, pérdidas, ardores, nadan en tus aguas! ¡Qué remolinos de maldad, dicha y dolor te surcan! ¡Qué curiosas miradas interrogantes—destellos de amor! ¡Mirada lasciva, envidia, desdén, desprecio, esperanza, aspiración!
¡Tú, portal—tú, arena—tú de las miríadas de líneas y grupos prolongados!
(¡Pudieran tus losas, bordillos, fachadas, contar sus inimitables historias; Tus ventanas ricas y enormes hoteles—tus aceras anchas;)
¡Tú de los pies interminables que se deslizan, coquetean, arrastran! ¡Tú, como el mundo de colores variados en sí mismo—como la vida infinita, rebosante, burlona! ¡Tú, espectáculo y lección con visera, inmensos, inefables!
Para lograr el ritmo final de las canciones
Para captar el cadencioso final de los cantos, para penetrar en la sabiduría más íntima de los poetas —conocer a los poderosos, Job, Homero, Esquilo, Dante, Shakespeare, Tennyson, Emerson; Para diagnosticar los matices sutiles y cambiantes del amor, del orgullo y de la duda —para comprender de verdad, Para abarcar todo esto, la última facultad aguda y el precio de entrada, La vejez, y lo que ella trae de todas sus experiencias pasadas.
Viejo Lobo de Mar Kossabone
Muy atrás, emparentado por el lado de mi madre, el viejo lobo de mar Kossabone, les diré cómo murió:
(Había sido marino toda su vida—tenía casi 90 años—vivía con su nieta casada, Jenny; casa en una colina, con vista a la bahía cerca, y al cabo distante, y la extensión hacia mar abierto;)
La última de las tardes, las horas vespertinas, por muchos años su costumbre habitual,
En su gran sillón junto a la ventana sentado, (A veces, en verdad, durante medio día,) Mirando la ida, la venida de las vasijas, murmura para sí—Y ahora el final de todo:
Un bergantín solitario que salía, un día, desconcertado por mucho tiempo—mareas encontradas y muchas cosas marchando mal,
Al fin al caer la noche toma la brisa justa, su entera suerte virando,
Y doblando velozmente alrededor del cabo, entrando con orgullo en la oscuridad, cortándola, mientras él observa,
«Es libre—va hacia su destino»—estas las últimas palabras—cuando Jenny llegó, él estaba sentado allí muerto, el holandés Kossabone, viejo lobo de mar, emparentado por el lado de mi madre, muy atrás.
El tenor muerto
Como de nuevo por el escenario, con sombrero español, plumas y un andar inimitable, Desde las lecciones que se desvanecen del pasado, yo llamaría, contaría y reconocería: ¡Cuánto de ti! ¡La revelación de la voz cantante de ti! (¡Tan firme, tan líquida y suave, de nuevo ese timbre trémulo y varonil! La voz cantante perfecta —la lección más profunda de todas para mí— prueba y examen de todas:) Cómo a través de esas notas destiladas —cómo los oídos embelesados, mi alma, absorbiendo el corazón de Fernando, el llamado apasionado de Manrico, el de Ernani, el del dulce Gennaro—, los plieguero de ahí en adelante, o busco plegar, dentro de mis cantos transmutadores, el cantabile desatado de la Libertad, del Amor y de la Fe, (Como la correlación del perfume, del color, de la luz del sol:) De estos, para estos, con estos, una línea apresurada, tenor muerto, Una hoja de otoño llevada por el aire, caída en la tumba que se cierra, la tierra cavada a palas, En memoria tuya.
Continuidades
(De una charla que tuve últimamente con un espiritista alemán)
Nada se pierde jamás en realidad, ni puede perderse, Ningún nacimiento, identidad, forma—ningún objeto del mundo, Ni la vida, ni la fuerza, ni ninguna cosa visible; La apariencia no ha de burlarte, ni la esfera mudada confundir tu mente.
Amplios son el tiempo y el espacio—amplios los campos de la Naturaleza. El cuerpo, lento, envejecido, frío—las brasas que dejaron fuegos anteriores, La luz en los ojos ya opaca, volverá debidamente a arder; El sol ahora bajo en el occidente se alza para mañanas y mediodías continuos; A los terrones helados siempre retorna la ley invisible de la primavera, Con hierba y flores y frutos de verano y grano.
Yonnondio
(El sentido de la palabra es lamento por los aborígenes. Es un término iroqués; y se ha utilizado como nombre propio.)
Una canción, un poema en sí mismo—la palabra misma una elegía, En medio de las selvas, las rocas, la tormenta y la noche invernal, Para mí tan neblinosos, extraños cuadros evocan las sílabas; Yonnondio—veo, allá lejos en el oeste o el norte, un barranco sin límites, con llanuras y montañas oscuras, Veo multitudes de robustos jefes, hombres medicina y guerreros, Que como nubes de fantasmas fugaces, pasan y se desvanecen en el crepúsculo, (¡Raza de los bosques, los paisajes libres y las cataratas! Ningún cuadro, poema, declaración los transmite al futuro:) ¡Yonnondio! ¡Yonnondio!—sin trazar se desvanecen; El hoy cede y se desvanece—las ciudades, granjas, fábricas se desvanecen; Un sonido sordo y sonoro, una palabra plañidera flota en el aire por un momento, Luego vacía y partida y silenciosa, y totalmente perdida.
Vida
Siempre el alma del hombre infatigable, resuelta y luchadora;
- (¿Han fracasado los ejércitos anteriores? pues enviamos ejércitos frescos, y de nuevo frescos;)
- Siempre el misterio aferrado de todas las edades de la tierra, viejas o nuevas;
- Siempre los ojos ansiosos, los hurras, las manos que baten palmas en bienvenida, el fuerte aplauso;
- Siempre el alma insatisfecha, curiosa, inconforme al fin;
- Luchando hoy del mismo modo—combatiendo del mismo modo.
“Going Somewhere”
Mi amiga-ciencia, mi más noble amiga-mujer, (Hoy sepultada en una tumba inglesa —y esta una hoja de recuerdo por su querido bien,) Terminó nuestra charla —«La suma, que concluye todo lo que sabemos del saber antiguo o moderno, intuiciones profundas, «De todas las Geologías —Historias— de toda la Astronomía —de la Evolución, toda la Metafísica, «Es que todos vamos adelante, adelante, avanzando lenta, seguramente mejorando, «La vida, la vida una marcha sin fin, un ejército sin fin, (sin alto, sino que debidamente se termina,) «El mundo, la raza, la alma —en el espacio y el tiempo los universos, «Todos atados como conviene a cada cual —todos yendo sin falta a alguna parte».
Pequeño el tema de mi canto
(De la edición de 1867 de “L. of G.”)
Pequeño el tema de mi Canto, pero el mayor—a saber, el Yo—una persona simple y separada.
Eso canto, para uso del Nuevo Mundo.
La fisiología del hombre por entero, de la cabeza a los pies, canto. Ni solo la fisionomía, ni solo el cerebro, son dignos de la Musa;—digo que la Forma completa es mucho más digna.
A la Mujer por igual que al Hombre, canto.
Ni ceso en el tema del Yo. Pronuncio la palabra de lo moderno, la palabra En-Masa.
Mis Días canto, y las Tierras—con el intersticio de la guerra infausta que conocí.
(Oh amigo, quienquiera que seas, que al fin llegas aquí para comenzar, siento a través de cada hoja la presión de tu mano, que devuelvo. Y así en nuestro trayecto, pisando el camino, y más de una vez, y enlazados vayamos.)
Verdaderos Conquistadores
Viejos granjeros, viajeros, obreros (no importa cuán estropeados o encorvados),
Viejos marineros, de muchos viajes peligrosos, tormentas y naufragios,
Viejos soldados de campañas, con todas sus heridas, derrotas y cicatrices;
¡Basta con que hayan sobrevivido —los inquebrantables de la larga vida!
Surgir de sus luchas, pruebas, batallas, haber emergido a fin de cuentas— en eso solo,
Verdaderos vencedores sobre todo lo demás.
Estados Unidos a los críticos del Viejo Mundo
Aquí primero los deberes de hoy, las lecciones de lo concreto,
- Riqueza, orden, viajes, refugio, productos, abundancia;
- Como de la construcción de un variado, vasto y perpetuo edificio,
- De donde han de alzarse inevitables con el tiempo los techos imponentes, las lámparas,
- Las agujas sólidamente plantadas que se disparan altas hacia las estrellas.
El pensamiento tranquilizador de todos
Eso sigue su curso, sean cuales sean las especulaciones de los hombres, En medio de las escuelas cambiantes, teologías, filosofías, En medio de las clamorosas presentaciones nuevas y viejas, Las silenciosas leyes vitales, hechos, modos de la tierra redonda continúan.
Agradecimiento en la vejez
Gracias en la vejez—gracias antes de irme, por la salud, el sol del mediodía, el aire impalpable—por la vida, la mera vida, Por los preciosos recuerdos que siempre perduran (de ti, mi querida madre—de ti, padre—de ti, hermanos, hermanas, amigos), Por todos mis días—no solo los de paz—los días de guerra también, Por las palabras gentiles, las caricias, los regalos de tierras extranjeras, Por el refugio, el vino y la carne—por la dulce apreciación, (Vosotros, distantes, vagos desconocidos—jóvenes o ancianos—incontables, sin especificar, lectores queridos, Nunca nos conocimos, ni nos conoceremos jamás—y sin embargo nuestras almas se abrazan, largo, estrecho y largo;) Por los seres, los grupos, el amor, los actos, las palabras, los libros—por los colores, las formas, Por todos los hombres valientes y fuertes—devotos, robustos—que se han lanzado al frente en ayuda de la libertad, de todos los años, de todas las tierras, Por hombres más valientes, más fuertes, más devotos—(un laurel especial antes de irme, para los elegidos de la guerra de la vida, Los artilleros del canto y del pensamiento—los grandes artilleros—los líderes principales, capitanes del alma:) Como soldado que regresa de una guerra terminada—Como viajero de entre miríadas, ante la larga procesión retrospectiva, ¡Gracias—gracias gozosas!—las gracias de un soldado, de un viajero.
Life and Death
Los dos viejos y sencillos problemas siempre entrelazados, Muy nuestros, esquivos, presentes, desconcertantes, bregados. Por cada época sucesiva insolubles, transmitidos, A la nuestra de hoy—y nosotros los transmitimos igual.
La voz de la lluvia
—¿Y tú quién eres? —dije a la suave lluvia que caía, la cual, cosa extraña, me dio una respuesta, aquí traducida:
Soy el Poema de la Tierra, dijo la voz de la lluvia, eterna asciendo impalpable de la tierra y del fondo del mar, hacia el cielo, de donde, vagamente formada, totalmente cambiada y aun así la misma, desciendo para lavar las sequías, las partículas, las capas de polvo del globo, y todo lo que en ellos sin mí no sería sino semillas, latentes, no nacidas; y por siempre, de día y de noche, devuelvo la vida a mi propio origen, y lo purifico y embellezco;
(Pues el canto, brotando de su cuna, tras cumplirse, errando, atendido o desatendido, debidamente con amor regresa.)
Pronto llegará el aguijón del invierno
Pronto llegará el desquite del invierno; pronto estas ligaduras gélidas se desatarán y fundirán—Un poco de tiempo, Y el aire, el suelo, la ola, se impregnarán de suavidad, esplendor y crecimiento—mil formas sezarán De estos terrones muertos y fríos como de tumbas modestas. Tus ojos, oídos—todos tus mejores atributos—todo lo que percibe la belleza natural, Despertarán y se saciarán. Percibirás los simples espectáculos, los delicados milagros de la tierra, Dientes de león, trébol, la hierba esmeralda, los aromas y flores tempranas, El madroño bajo los pies, el verde amarillento del sauce, el ciruelo y el cerezo en flor; Con ellos el petirrojo, la alondra y el tordo, cantando sus canciones—el reyezuelo azulado; Pues tales son las escenas que la obra anual trae consigo.
While Not the Past Forgetting
(Publicado el 30 de mayo de 1888)
Si bien no para olvidar el pasado, hoy, al menos, la contienda sepultada por completo—la paz, la hermandad surgidas; Como signo recíproco nuestras manos del Norte, del Sur, Depositamos sobre las tumbas de todos los soldados muertos, del Norte o del Sur, (No solo por el pasado—sino por sentidos hacia el futuro,) Coronas de rosas y ramas de palma.
The Dying Veteran
(Un incidente en Long Island: principios del siglo XIX)
En medio de estos días de orden, holgura, prosperidad, En medio de los actuales cantos de belleza, paz, decoro, Lanzo una reminiscencia —(es probable que os ofenda, la oí en mi niñez)—. Hace más de una generación, Un viejo y extraño salvaje, un combatiente a las órdenes del mismísimo Washington, (Grande, valiente, pulcro, de sangre caliente, callado, más bien espiritista, Había luchado en las filas —luchado bien— había pasado por toda la guerra revolucionaria), Yacía moribundo —hijos, hijas, diáconos de la iglesia, cuidándolo con amor, Aguzando el sentido, los oídos, ante sus palabras murmullantes y a medias captadas—: «¡Dejadme regresar a mis días de guerra, A las visiones y escenas —a formar la línea de batalla, A los exploradores que van delante reconociendo, A los cañones, la sombría artillería, A los ayudas de campo galopantes que llevan órdenes, A los heridos, los caídos, el calor, la incertidumbre, El perfume fuerte, el humo, el ruido ensordecedor; Fuera vuestra vida de paz! —¡vuestros goces de paz! ¡Dadme otra vez mi vieja y salvaje vida de batalla!»
Lecciones más fuertes
¿Has aprendido lecciones solo de aquellos que te admiraban, y eran indulgentes contigo, y se hacían a un lado por ti?
¿No has aprendido grandes lecciones de aquellos que te rechazan, y se fortifican contra ti? ¿o de los que te tratan con desprecio, o disputan el paso contigo?
Una puesta de sol en la pradera
Tirando a oro, granate y violeta, plateado deslumbrante, esmeralda, cervato,
La amplitud entera de la tierra y el poder multiforme de la Naturaleza confiados por una vez a los colores; La luz, el aire general poseídos por ellos—colores hasta ahora desconocidos, Sin límite, confines—no solo el cielo occidental—el alto meridiano—Norte, Sur, todo, Color luminoso puro luchando contra las sombras silenciosas hasta el final.
Twenty Years
Abajo en el antiguo muelle, la arena, me siento, charlando con un recién llegado:
- Se embarcó como grumete novato, y zarpó, (tomó una repentina y vehemente ocurrencia;)
- Desde entonces, veinte años y más han girado una y otra vez,
- Mientras él circundaba el globo una y otra vez,—y ahora regresa:
¡Cuán cambiado está el lugar—todos los viejos hitos desaparecidos—los padres muertos;
(Sí, vuelve para echar ancla por fin—para afincarse—tiene la bolsa bien llena—ningún lugar le sirve sino este;)
La pequeña barca que lo condujo a remos desde el balandra, la veo ahora sujeta con correa, oigo las olas que golpean, la quilla inquieta, el balanceo en la arena, veo el hatillo de marinero, la bolsa de lona, la gran caja conopial de latón, examino el rostro tostado como baya y barbado—la corpulenta y fuerte estructura, vestida con su traje rojizo de buena tela escocesa:
(Entonces, ¿cuál es la historia contada de esos veinte años? ¿Qué hay del futuro?)
Capullos de naranja por correo desde Florida
(Voltaire cerró un famoso argumento afirmando que un navío de guerra y la gran ópera eran pruebas suficientes del progreso de la civilización y de Francia en su época.)
Una prueba menor que la del viejo Voltaire, mas mayor, Prueba de este tiempo presente, y de ti, tu vasta extensión, América, Hasta mi humilde cabaña del Norte, entre nubes y nieve exterior, Traída a salvo por mil millas sobre tierra y marea, Hace unos tres días brotando viva en su propio suelo, Ahora aquí su dulzura por mi habitación desplegando, Un ramo de capullos de azahar por correo desde Florida.
Crepúsculo
Las suaves y voluptuosas sombras opiáceas,
el sol recién ido, la luz ansiosa disipada—(yo también pronto me habré ido, disipado—)
una bruma—nirvana—descanso y noche—olvido.
You Lingering Sparse Leaves of Me
Ustedes, dispersas hojas mías que persisten en las ramas cercanas al invierno, Y yo algún árbol bien podado de campo o hilera de huerto; Ustedes, diminutas y desoladas señales —(no ahora el fulgor de mayo, o el trébol de julio en flor— ni grano de agosto ya); Ustedes, pálidos mástiles de estandartes —banderolas sin valor— excedidos en el tiempo, Aun así, mis hojas más caras al alma que confirman todo lo demás, Las más fieles—las más recias—últimas.
No solo ramas escasas y latentes
No sólo ramas escasas y latentes, ¡oh canciones! (escamosas y desnudas, como garras de águila,) Sino tal vez para algún día soleado (¿quién sabe?) alguna primavera futura, algún verano—brotando En hojas verdientes, o sombra protectora—en fruto nutritivo, Manzanas y uvas—las robustas extremidades de los árboles emergiendo—el aire fresco, libre y abierto, Y el amor y la fe, como rosas perfumadas floreciendo.
El Emperador Muerto
(Publicado el 10 de marzo de 1888)
Hoy, con la cabeza y los ojos inclinados, tú también, Columbia, Menos por la poderosa corona abatida en el dolor —menos por el Emperador, Tu sincera condolencia exhalas, envías a través de muchas millas de mar salado, Lamentando a un buen viejo —un fiel pastor, patriota.
Como la señal de fuego del griego
(Para el octogésimo cumpleaños de Whittier, 17 de diciembre de 1887)
Como la hoguera de señales del griego, de la que hablan las crónicas antiguas, se alzó desde la colina, como un aplauso y una gloria, dando la bienvenida en la fama a algún veterano o héroe singular, con un tinte rosáceo enrojeciendo la tierra a la que había servido,
así yo, desde la orilla de Mannahatta ceñida de barcos, alzo en lo alto una antorcha encendida para ti, Viejo Poeta.
El barco desmantelado
En alguna laguna desierta, en alguna bahía sin nombre,
sobre aguas perezosas y solitarias, anclado cerca de la orilla,
un barco viejo, desmantelado, gris y maltrecho, incapacitado, acabado,
tras libres travesías por todos los mares de la tierra, por fin remolcado y amarrado con firmeza,
yace oxidándose, pudriéndose.
Ahora canciones precedentes, adiós
Ahora canciones precedentes, adiós—por cada nombre adiós,
- (Trenes de una línea tambaleante en muchas extrañas procesiones, carretas,
- De altas y bajas—con intervalos—de años maduros, edad media, o juventud,)
“En barcos encabinados,” o “Tú, vieja causa” o “Poetas por venir” O “Paumanok,” “Canto a mí mismo,” “Calamus,” o “Adán,” O “¡Tened, tened, tambores!” o “Al suelo fermentado que pisaron,” O “¡Capitán! ¡Mi capitán!,” “Kosmos,” “Años de arenas movedizas,” o “Pensamientos,” “Tú, madre con tu prole igual,” y muchos, muchos más sin especificar,
De la fibra de mi corazón—de la garganta y la lengua—(La ardiente sangre pulsante de mi vida, El impulso personal y la forma para mí—no meramente papel, tipo automático y tinta,)
Cada canción mía—cada expresión del pasado—con su larga, larga historia, De vida o muerte, o herida de soldado, de pérdida o seguridad de la patria,
(¡Oh cielo! ¡qué destello y qué tren sin fin desencadenado de todo! ¡comparado en verdad con eso! ¡Qué miserable jironcito aun en el mejor de los casos!)
Un arrullo vespertino
Tras una semana de angustia física, Inquietud y dolor, y calor febril, Hacia el final del día llega la calma y la tregua, Tres horas de paz y alivio sosegado para la mente.
Cumbres relucientes de la vejez
El toque de la llama—el fuego esclarecedor—la mirada más sublime al fin, Sobre ciudad, pasión, mar—sobre pradera, montaña, bosque—la tierra misma; Los matices aéreos, diversos, cambiantes de todo, en el crepúsculo que cae, Objetos y grupos, orientaciones, rostros, reminiscencias; La visión más serena—el poniente dorado, claro y amplio: Tanto en la atmósfera, los puntos de vista, las situaciones desde donde escrutamos, Revelados solo por ellos—tanto (tal vez lo mejor) antes no tomado en cuenta; Las luces en verdad procedentes de ellos—los picos fulgurantes de la vejez.
Después de la cena y la charla
Después de la cena y la charla—después de que el día ha terminado, Como un amigo de otros amigos su retirada final prolongando, Adiós y Adiós con labios emocionados repitiendo, (Qué difícil para su mano soltar esas manos—no volverán a encontrarse, No más para la comunión de pena y alegría, de ancianos y jóvenes, Un viaje de largo alcance le espera, para no regresar jamás,) Evitando, posponiendo la ruptura—procurando alejar la última palabra siquiera un poco, Incluso en la puerta de salida girando—encargos superfluos recordando—incluso al bajar los escalones, Algo para estirar un minuto adicional—las sombras del anochecer profundizándose, Despedidas, mensajes menguando—más tenue el rostro y la figura del que se marcha, Pronto para perderse para siempre en la oscuridad—renuente, ¡oh, tan renuente a partir! Parlanchín hasta el último momento.