Y en cuanto a ti, Muerte, y a ti, amargo abrazo de la mortalidad, es vano intentar alarmarme.
A su obra sin vacilar el comadrón acude, veo a la mano experta presidiendo recibiendo sosteniendo, me recline junto a los quicios de las exquisitas puertas flexibles, y señalo la salida, y señalo el alivio y la huida.
Y en cuanto a ti, Cadáver, creo que eres un buen abono, pero eso no me ofende, huelo las rosas blancas perfumadas y crecientes, alcanzo los labios frondosos, alcanzo los pechos pulidos de los melones.
Y en cuanto a ti Vida supongo que eres los despojos de muchas muertes,
(Sin duda yo mismo he muerto diez mil veces antes.)
Oigo que susurran ahí, oh estrellas del cielo, oh soles—oh hierba de las tumbas—oh perpetuas transferencias y ascensos,
Si ustedes no dicen nada, ¿cómo puedo decir algo yo?
Del charco turbio que yace en el bosque de otoño,
De la luna que desciende por las cuestas del crepúsculo suspirante,
- Arrojad, destellos del día y del crepúsculo—arrojad sobre los negros troncos que se pudren en el fango,
- Arrojad al gemido ininteligible de las ramas secas.
Asciendo de la luna, asciendo de la noche, percibo que el brillo espantoso son rayos de sol del mediodía reflejados, Y desemboco hacia lo firme y central desde la prole grande o pequeña.