El negro sujeta con firmeza las riendas de sus cuatro caballos, el bloque se balancea abajo sobre su cadena atada,
El negro que guida el largo carro de la cantera, firme y alto se erguitse posado en una pierna sobre la viga de madera,
Su camisa azul deja al descubierto su amplio cuello y pecho y se afloja sobre su cinturón,
Su mirada es serena y dominante, se quita la holgura del sombrero de la frente,
El sol cae sobre su cabello rizado y su bigote, cae sobre el negro de sus miembros pulidos y perfectos.
Contemplo al pintoresco gigante y lo amo, y no me detengo ahí, también voy con el equipo.
En mí el acariciador de la vida por doquier moviéndose, hacia atrás y también hacia adelante girando,
A los rincones apartados y menores inclinándome, sin faltar una persona ni un objeto,
Absorbiéndolo todo para mí y para este canto.
Bueyes que hacen resonar el yugo y la cadena o se detienen en la frondosa sombra, ¿qué es lo que expresan en sus ojos? Me parece más que toda la letra impresa que he leído en mi vida.
Mi paso asusta al pato joyuyo y a la ánade en mi distante y prolongada caminata,
Se levantan juntos, giran lentamente en círculos.
Creo en esos propósitos alados,
- Y reconozco el rojo, el amarillo, el blanco, jugando en mi interior,
- Y considero intencionales el verde y el violeta y la corona con cresta,
- Y no llamo indigna a la tortuga porque no sea otra cosa,
- Y el arrendajo en los bosques nunca estudió la escala, pero trina bastante bien para mí,
- Y la mirada de la yegua baya ahuyenta de mí la necedad.