Lo que les sucedió en Francia a Cándido y a Martín
Cándido no se detuvo en Burdeos más tiempo del necesario para vender algunas de las piedras de El Dorado y alquilar una buena calesa con capacidad para dos pasajeros, pues no podía viajar sin su filósofo Martín.
Únicamente le apenó separarse de su oveja, la cual dejó a la Academia de Ciencias de Burdeos, que propuso para el premio de aquel año: «demostrar por qué la lana de esta oveja era roja»; y el premio fue adjudicado a un sabio del Norte que demostró por A más B menos C dividido por Z, que la oveja tenía que ser roja y morir de la roña.
Mientras tanto, todos los viajeros con quienes Cándido se encontraba en las posadas del camino le decían: «Vamos a París». Esta prisa general le dio al fin también a él el deseo de ver esta capital; y no era un desvío tan grande en el camino a Venecia.
Entró en París por el arrabal de San Marceau y creyó hallarse en el pueblo más sucio de Westfalia.
Apenas hubo llegado Cándido a su posada, cuando se vio acometido por una ligera enfermedad, causada por la fatiga. Como llevaba un diamante muy grande en el dedo y la gente de la posada había reparado en una caja prodigiosamente pesada entre su equipaje, se presentaron dos médicos para atenderlo, aunque él nunca los había mandado llamar, y dos beatas que le calentaban los caldos.