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XXIV. De Paquette y del fraile Giroflée

Los parientes de la esposa procesaron al marido; este se fugó, y a mí me metieron en la cárcel. Mi inocencia no me habría salvado si no hubiera sido agraciada. El juez me puso en libertad con la condición de suceder al cirujano.

Pronto fui suplantada por un rival, echada a la calle en la absoluta miseria y obligada a continuar este oficio aborrecible que a vosotros, los hombres, os parece tan agradable, mientras que para nosotras, las mujeres, es el abismo supremo de la miseria. He venido a ejercer esta profesión a Venecia.

¡Ay, señor, si tan solo pudiera imaginarse lo que es verse en la obligación de acariciar con indiferencia a un viejo mercader, a un abogado, a un monje, a un gondolero, a un abad; estar expuesta a injurias e insultos; hallarse a menudo reducida a pedir prestada una enagüilla, solo para ir a vérsela levantar por un hombre desagradable; ser robada por uno de

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