Los otros cinco reyes escucharon este discurso con generosa compasión. Cada uno de ellos le dio veinte cequíes al rey Teodoro para que se comprara ropa y ropa blanca; y Cándido le hizo el presente de un diamante por valor de dos mil cequíes.
—¿Quién podrá ser este particular —se dijeron los cinco reyes los unos a los otros—, que es capaz de dar, y verdaderamente ha dado, cien veces más que cualquiera de nosotros?
Apenas se habían levantado de la mesa, cuando entraron cuatro Altezas Serenísimas, a quienes los avatares de la guerra también habían despojado de sus territorios, y que habían venido a pasar el Carnaval a Venecia. Pero Cándido no prestó ninguna atención a estos recién llegados; sus pensamientos estaban ocupados por entero en su viaje a Constantinopla, en busca de su amada Cunegunda.