Cándido no necesitó más convicción; reconoció que Martín tenía razón. Se sentaron a la mesa con Paquette y el teatino; el banquete fue entretenido y, hacia el final, conversaron con toda confianza.
—Padre —dijo Cándido al fraile—, me parece que gozáis de un estado que todo el mundo envidiaría; la flor de la salud brilla en vuestro rostro, vuestra expresión manifiesta vuestra felicidad; tenéis una muchacha muy bonita para vuestra distracción, y parecéis bien satisfecho de vuestro estado como teatino.
—¡Válgame Dios, señor —dijo el fraile Giroflée—, quisiera que todos los teatinos estuvieran en el fondo del mar! Cien veces he tenido la tentación de prender fuego al convento y hacerme turco.
Mis padres me obligaron a ponerme este hábito detestable a la maldita edad de quince años, para acrecentar la fortuna de un maldito hermano mayor, ¡que Dios confunda! La discordia, la rabia y los celos reinan en nuestro convento.
Es verdad que he predicado algunos malos sermones que me han producido un poco de dinero, del cual el prior me roba la mitad y el resto sirve para mantener a mis muchachas; pero, por la noche, cuando vuelvo al monasterio, me dan ganas de estrellar la cabeza contra los muros del dormitorio; y todos los demás hacen lo mismo.
Martín se volvió hacia Cándido con su habitual flema.
—Bien —dijo él—, ¿no he ganado toda la apuesta?
Cándido dio dos mil piastras a Paquette y mil al fraile Giroflée.
—Respondo yo —dijo—, a que con esto serán felices.