mismos hacían, kaimak enriquecido con cáscara confitada de cidra, naranjas, limones, piñas, pistachos y café de Moka no adulterado con el mal café de Batavia o de las islas americanas. Tras lo cual, las dos hijas del honesto musulmán perfumaron las barbas de los extranjeros.
—Debéis de poseer una vasta y magnífica finca —le dijo Cándido al turco.
—No tengo más que veinte acres —contestó el viejo—; mis hijos y yo los cultivamos; nuestro trabajo nos libra de tres grandes males: el aburrimiento, el vicio y la necesidad.
Cándido, de camino a casa, hizo profundas reflexiones sobre la conversación del viejo.
—Este honrado turco —dijo a Pangloss y a Martín—, parece estar en una situación muy superior a la de los seis reyes con quienes tuvimos el honor de cenar.
—La grandeza —dijo Pangloss— es sumamente peligrosa según