había tragedias que a veces se representaban y que no se podían leer. El hombre de buen gusto explicó muy bien cómo una obra podía tener cierto interés y casi ningún mérito; demostró en pocas palabras que no bastaba con introducir una o dos de esas situaciones que se encuentran en todas las novelas y que siempre seducen al espectador, sino que era necesario ser nuevo sin ser extravagante, a menudo sublime y siempre natural, conocer el corazón humano y hacerlo hablar; ser un gran poeta sin permitir que ninguna persona de la obra pareciera ser poeta; conocer perfectamente la lengua, hablarla con pureza, con una armonía continua y sin que el ritmo le quitara nunca nada al sentido.
«Quienquiera —añadió—, que no observe todas estas reglas podrá producir una o dos tragedias aplaudidas en un teatro, pero jamás será contado en el número de los buenos escritores.
¡Hay muy pocas tragedias buenas; unas son idilios en diálogo, bien escritos y bien rimados, otras razonamientos políticos que adormecen, o amplificaciones que repelen; otras sueños demoníacos de estilo bárbaro, de ilación interrumpida, con largas apóstrofes a los dioses, porque no saben hablar a los hombres, con falsas máximas, con lugares comunes ampulosos!».
Cándido escuchó con atención este discurso, concibió una gran idea del orador, y como la marquesa se había tomado la molestia de sentarlo a su lado, se inclinó hacia ella y se tomó la libertad de preguntarle quién era el hombre que tan bien había hablado.
—Es un sabio —dijo la señora—, que no juega, a quien el abad trae a veces a cenar; se encuentra como en su casa entre las tragedias y los libros, y ha escrito una tragedia que fue silbada, y un libro del que jamás se ha visto nada fuera de la tienda de su librero, a excepción del ejemplar que me dedicó.
“¡El gran hombre! —dijo Cándido—. ¡Es otro Pangloss!”