Cómo la vieja cuidó a Cándido, y cómo este encontró al objeto de su amor
Cándido no cobró ánimo, pero siguió a la vieja hasta una casa medio derruida, donde le dio un tarro de pomada para ungirse las llagas, le enseñó una camita muy aseada, con un traje colgado, y le dejó algo de comer y de beber.
—Come, bebe y duerme —dijo ella—, y que Nuestra Señora de Atocha, el gran san Antonio de Padua y el gran Santiago de Compostela te acojan bajo su protección. Volveré mañana.
Cándido, admirado de cuanto había padecido y más aún de la caridad de la vieja, quiso besarle la mano.
—No es mi mano la que debes besar —dijo la anciana—; volveré mañana. Úntate con la pomada, come y duerme.
Cándido, a pesar de tantas desgracias, comió y durmió. A la mañana siguiente, la vieja le llevó el desayuno, le miró la espalda y se la untó ella misma con otro ungüento; del mismo modo le llevó la comida y por la noche regresó con la cena. Al día siguiente repitió exactamente las mismas ceremonias.