Aventuras de los dos viajeros, con dos muchachas, dos monos y los salvajes llamados Orejones
Cándido y su sirviente ya habían traspasado la frontera antes de que se supiera en el campamento que el jesuita alemán había muerto.
El cauto Cacambo había tenido el cuidado de llenar su zurrón con pan, chocolate, tocino, fruta y unas cuantas botella de vino. Con sus caballos andaluces penetraron en un país desconocido, donde no avistaban ningún camino trillado.
Por fin llegaron a una hermosa pradera surcada por arroyuelos cristalinos. Allí nuestros dos aventureros alimentaron a sus caballos. Cacambo le propuso a su amo que comiera algo, y le dio ejemplo.
—¿Cómo puedes pedirme que coma jamón —dijo Cándido—, después de haber matado al hijo del barón y estando condenado a no volver a ver jamás a la hermosa Cunegonde? ¿De qué me servirá prolongar mis miserables días y arrastrarlos lejos de ella en el remordimiento y la desesperación? ¿Y qué dirá el Journal de Trévoux?