Lo que ayudó a confirmar a Martín en sus detestables principios, a desconcertar a Cándido más que nunca y a intrigar a Pangloss, fue que un día vieron desembarcar en la granja a Paquette y al fraile Giroflée en la más extrema miseria.
Pronto se habían gastado sus tres mil piastres, se habían separado, se habían reconciliado, vuelto a pelear, los habían metido en la cárcel, se habían escapado, y el fraile Giroflée se había vuelto, al fin, turco.
Paquette continuaba con su oficio allí por donde iba, pero no sacaba nada en limpio.
—Previ —dijo Martín a Cándido— que vuestros regalos pronto se disiparían y solo los harían más miserables. Os habéis bañado en millones, vos y Cacambo; y, sin embargo, no sois más felices que el fraile Giroflée y Paquette.
—¡Ja! —dijo Pangloss a Paquette—, ¡la Providencia te ha traído de nuevo entre nosotros, hija mía! ¿Sabes que me has costado la punta de la nariz, un ojo y una oreja, como puedes ver? ¡Qué mundo este!
Y ahora esta nueva aventura los hizo filosofar más que nunca.
En el barrio vivía un derviche muy famoso que era considerado el mejor filósofo de toda Turquía, y fueron a consultarle. Pangloss llevó la voz cantante.
—Maestro —dijo—, venimos a rogarle que nos diga por qué fue hecho un animal tan extraño como el hombre.
—¿En qué te metes? —dijo el derviche—; ¿es asunto tuyo?
—Pero, reverendo padre —dijo Cándido—, hay un mal horrible en este mundo.