CodalSearch this book — or all of Codal…⌘K
Página 123 de 150
Table of Contents

XXV. La visita al señor Pococurante

dos primeros.

—Son de Rafael —dijo el senador—; los compré por vanidad, a un precio muy alto, hace algunos años. Se dice que son las obras más finas de Italia, pero a mí no me agradan en absoluto. Los colores son demasiado oscuros, las figuras no están suficientemente redondeadas ni tienen buen relieve; los ropajes no se asemejan en nada a las telas. En una palabra, se diga lo que se dijere, no encuentro en ellos una verdadera imitación de la naturaleza. Solo me importa un cuadro cuando creo ver en él la naturaleza misma, y no hay ninguno de este género. Tengo muchísimos cuadros, pero los aprecio muy poco.

Mientras esperaban la cena, Pococurante mandó tocar un concierto. A Cándido la música le pareció deliciosa.

—Este ruido —dijo el senador— puede divertir a uno durante media hora; pero si durara más tiempo, llegaría a cansar a todo el mundo, aunque no osaran reconocerlo. La música, hoy en día, es solo el arte de ejecutar cosas difíciles, y lo que es meramente difícil no puede agradar por mucho tiempo.

Tal vez me gustaría más la ópera si no hubieran hallado el secreto de hacer de ella un monstruo que me escandaliza.

Vaya quien quiera a ver malas tragedias convertidas en ópera, cuyas escenas están ideadas con el único fin de encajar dos o tres canciones ridículamente fuera de lugar para lucir la voz de una actriz. Desfallezca de placer, quien quiera o quien pueda, al ver a un eunuco gorgear el papel de César o de Catón, pavoneándose torpemente sobre el escenario.

Por mi parte, hace tiempo que renuncié a esas patéticas diversiones que constituyen la gloria de la Italia moderna y que los soberanos pagan tan caras.

123