Llegada de Cándido y su criado al Dorado y lo que vieron allí
—Ya ves —le dijo Cacambo a Cándido, en cuanto hubieron llegado a las fronteras de los orejones—, que este hemisferio no es mejor que los otros; créeme, volvámonos a Europa por el camino más corto.
—¿Cómo volver? —dijo Cándido—, ¿y a dónde iremos? ¿A mi país? Los ábaros y los búlgaros están degollando a todos; ¿a Portugal? Allí me quemarán; y si nos quedamos aquí, corremos a cada instante el peligro de ser asados en un escorzo. Pero ¿cómo puedo decidirme a abandonar la parte del mundo donde reside mi amada Cunegunda?
—Volvámonos hacia Cayena —dijo Cacambo—; allí encontraremos franceses, que andan errantes por todo el mundo; quizás nos socorran; Dios tal vez tendrá piedad de nosotros.
No era fácil llegar a Cayena; sabían vagamente en qué dirección ir, pero ríos, precipicios, bandidos, salvajes, les estorbaron el camino todo el tiempo. Sus caballos murieron de fatiga. Sus provisiones se agotaron; se alimentaron durante todo un mes de frutos silvestres, y se hallaron por fin cerca de un pequeño río bordeado de cocoteros, que sostuvo sus vidas y sus esperanzas.
Cacambo, que era tan buen consejero como la vieja, le dijo a Cándido: